La jachallera que prendió la chispa de la Revolución de Mayo
En junio de 1810, cuando la noticia de la Revolución llegó a Jáchal, todo el pueblo guardó silencio. Menos una joven de 15 años.

El 17 de junio de 1810, la noticia de la Revolución de Mayo llegó a San Juan con tres semanas de retraso. Lo que había ocurrido en Buenos Aires ya era conocido para muchos, pero en Jáchal la ruptura con el Gobierno español aún no era novedad. En esa villa pequeña, de régimen patriarcal y costumbres lentas, una sanjuanina de 15 años fue la primera en desatar los festejos por la revolución.
Juana Ormeño tenía 15 años y pertenecía a una de las familias más antiguas de esa tierra, instalada allí desde la fundación de la villa, en 1751. La noticia de la Revolución encendió algo en esa casa, algo que para el resto del pueblo permanecía dormido. Juanita era la hija menor y tenía un carácter que los historiadores describieron como altanero, aunque quizás la palabra más precisa sea convicción. Antes de salir, hizo tres cosas: se cortó las trenzas, se puso el vestido azul y blanco que su madre le había cosido, y cruzó la puerta.

Martín Carelli, historiador local, recuerda que «en la casa de los Ormeño, Juana, la hija menor, con su espíritu indómito, buscó mostrar su amor por su tierra en un gesto inolvidable».
En la plaza de la villa cantó y bailó, luego entró a la iglesia de San José a festejar públicamente el inicio de la independencia de nuestro país. Fue la única persona en todo Jáchal que celebraba lo que había pasado en Buenos Aires. Eso hizo que el escándalo se organizara rápido: las hermanas del cura párroco y una vecina del pueblo la rodearon con insultos y golpes; le dijeron que era hija del diablo. Hubo forcejeos, intervención de autoridades, una gresca que duró varias horas y que terminó con Juanita de vuelta en su casa y el pueblo con el tema en la boca.

Lo que nadie esperaba es que ese mismo pueblo, horas después, empezara a imitarla. El periodista Rogelio Díaz Costa reconstruyó el episodio en un libro y anotó cómo, al poco tiempo, las cintas azules y blancas comenzaron a aparecer en los bailes de la delegación. El gesto solitario de una adolescente rompió con la lealtad fingida del pueblo a los gobernantes españoles.
El castigo a quienes la agredieron llegó años más tarde, cuando José de San Martín asumió como gobernador intendente de Cuyo. Tras un proceso judicial, las agresoras fueron condenadas al destierro perpetuo de la villa por el escándalo provocado en la vía pública. El general, que organizaba en Mendoza el ejército que cruzaría los Andes, consideró que lo ocurrido en esa plaza de tierra merecía una respuesta formal del Estado.

La familia Ormeño, entre tanto, no esperó que nadie le pidiera nada. Según registra el historiador César Guerrero, donaron sus bienes a la causa del ejército libertador, liderando la contribución que llegó desde el norte de la provincia. Era un gesto coherente con lo que Juanita había demostrado ese junio: que la revolución no era solo una idea que circulaba en los salones de Buenos Aires, sino algo que también podía nacer en una plaza de pueblo.
La historia oficial del 25 de Mayo construyó un panteón de hombres. Juanita Ormeño no aparece en ese panteón, y esa ausencia habla más de cómo se escribió la historia que del peso real de su acto. Ella fue la primera persona en San Juan en festejar la Revolución en la calle, con nombre y apellido, a los 15 años, en un pueblo que prefería el silencio. Eso ocurrió. Y después de que ocurrió, el pueblo ya no pudo quedarse callado.
