Mekorot, el fetiche de San Juan en medio de la crisis hídrica

La Mecha viajó hasta Medio Oriente para reconstruir la historia de la compañía nacional de agua de Israel y contar cómo la Argentina invertirá dinero en un país que supo generar su reputación no sólo gracias a su tecnología de punta, sino al abuso sistemático del pueblo palestino.

Lunes 27 de marzo de 2023 – 12:06hs

Algunos osan atribuirle el carácter de “potencia hídrica”. Es que se trata de un país que debió luchar contra más de un obstáculo al apostar por su visión de poblar el desierto del Néguev. A pesar del clima árido y seco, Israel encontró la manera de hacer prosperar la agricultura en esas condiciones. Hasta allá llegó la Argentina en una misión técnica para pensar en nuevas formas de afrontar la crisis hídrica local.

Buscar soluciones en todos los ámbitos parece ser lo más acertado en un escenario de esta gravedad. Así fue que los gobiernos de San Juan y Mendoza, seguidos por varias provincias más, descubrieron en Israel la luz al final del túnel. Firmaron un convenio con la empresa estatal que maneja el agua en ese país, Mekorot, para desarrollar un Plan Maestro de Conservación y Gestión del Agua que se adecúe a nuestras necesidades.

Quizá por desconocimiento, quizá por indiferencia, el gobierno decidió ir a buscar respuestas allí donde el uso del agua no es una mera cuestión técnica, sino una flagrante violación de derechos humanos. La Mecha llegó a Palestina para, desde allí, mostrar qué hay detrás de esta empresa y hacer eco de un conflicto que parece ser sobre la propiedad de la tierra, pero que inevitablemente es también sobre el control del agua.

Un plan maestro 

En medio de la preocupación por la crisis hídrica, la Argentina quiere poner en discusión la gestión que hacemos del agua. En esa búsqueda llegó a Israel. 

En abril de 2022, Wado de Pedro, ministro del Interior, viajó a ese país junto a una comitiva de funcionarios de las provincias de Catamarca, Entre Ríos, Formosa, Mendoza, Río Negro, Santa Cruz y San Juan. Lo que empezó como una misión científica de intercambio de conocimientos acerca del manejo del agua, se convirtió luego en una posibilidad de cooperación mucho más concreta.

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Israel es mundialmente reconocido como un líder en materia de tecnología cuando se trata del uso eficiente del agua. Podría decirse que un país pequeño compuesto en un 60% por desierto no tenía muchas opciones. Pero más allá de la supervivencia, las y los israelíes empujaron los límites lo suficiente como para generar las condiciones adecuadas para que la agricultura prosperara en medio de ese contexto adverso. La Argentina busca replicar ese modelo: ¿cómo podría el país expandir la superficie cultivada a través de la tecnología adecuada?

Acá es donde entra en juego la compañía nacional de agua de Israel, Mekorot. Es que en septiembre de 2022 se firmó un convenio para que, a través del financiamiento del Consejo Federal de Inversiones (CFI), la empresa brinde un servicio de consultoría para desarrollar un Plan Maestro de Conservación y Gestión del Agua. Aunque después otras les siguieron, San Juan y Mendoza fueron las provincias que encabezaron en ese momento la formalización del vínculo, y por eso desde La Mecha dialogamos con el secretario de Agua y Energía de San Juan, Ramiro Cascón.

Se decidió hacerlo en conjunto con Mendoza para que la logística estuviese simplificada, aunque la idea es desarrollar planes distintos para cada provincia”, comenzó explicando el secretario. Si bien se prevé un trabajo de 18 meses en total, los primeros resultados deberían registrarse antes de que termine marzo en la forma de un primer informe de diagnóstico, aclaró el secretario.

Ramiro Cascón, secretario de Agua y Energía de San Juan

En el caso de San Juan, el trabajo de consultoría de Mekorot se hará en estrecha relación con la Mesa Permanente de la Gestión Integrada del Agua. “Complementar este trabajo con el compromiso de hacer participar a los técnicos locales sirve también para que podamos seguir formando recursos humanos”, explicó Cascón.

El objetivo del plan está en entender cuál es la situación actual con respecto a la disponibilidad del agua, qué usos hacemos de ella y dónde están las pérdidas en este momento de crisis. A partir de ese diagnóstico se procederá a formular una estrategia para optimizar la gestión del recurso con varios horizontes de planificación (2030, 2040 y 2050). Lo que está menos claro es el dinero que como país destinaremos a este Plan Maestro. Sí sabemos que lo financiará el CFI, un organismo que, según el secretario, “se nutre de fondos que aportan las provincias por un lado y la Nación por otro, y en el que cada provincia tiene un cupo de fondos disponibles”.

El milagro israelí 

Parece que llegamos a pedir ayuda al lugar indicado. Pero no nos equivoquemos: que Israel haga hoy un manejo eficiente del agua no sólo tiene que ver con las mentes brillantes que inspiraron nueva tecnología. La historia que las y los israelíes no cuentan en ninguna charla TED, mucho menos en un intercambio como el que vienen protagonizando nuestros gobernadores, es que parte de sus logros en el manejo del agua tiene que ver lisa y llanamente con el saqueo y el sometimiento de otro pueblo. Pero vamos mejor a la historia, a los mapas y a los datos, que por algo hacer periodismo es un poquito más que lanzar consignas al mar.

Lo primero es entender la geografía. Más de la mitad de Israel está consumido por el desierto. ¿Dónde se encuentra entonces la fuente de agua? El río Jordán fluye hacia el Mar de Galilea o Kinneret y desemboca en el Mar Muerto. Bombean también agua subterránea de los acuíferos de la Montaña (que se subdivide en el Acuífero del Noreste, el Occidental y el Oriental) y el acuífero costero y hace un tiempo invierten en el proceso de desalinización del agua que proviene del Mar Mediterráneo y Mar Rojo.

La ingeniería ha sido, en este marco, imprescindible para una región en la que llueve muy poco. No por nada el perfeccionamiento del método de riego por goteo como una manera de hacer más eficiente el uso del agua fue desarrollado en esta zona por Simcha Blass y su hijo Yeshayahu. Querían apoyar la causa sionista de crear un asentamiento agrícola justo allí donde parecía imposible. Quienes soñaban con Israel antes de su creación, cuando esta era todavía una tierra poblada por una mayoría árabe, desde muy temprano concibieron que el agua era clave para sus propósitos. 

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Mekorot, la empresa con la que algunas provincias de Argentina –incluida San Juan– decidieron entablar un acuerdo de cooperación, ha sido parte de esta historia. Fundada en 1937, la compañía de agua nació antes que la propia creación del Estado de Israel y pasó a ser estatal cuando Israel declaró su independencia. Mekorot es hoy la encargada de abastecer a la población de agua potable, transportando el agua desde el norte hasta el centro y el sur más desérticos del país. Opera 3 mil instalaciones para regar, purificar agua y desalinizarla. 

Antes de que Israel se convirtiese en un Estado, la Agencia Judía para Israel ya había encaminado la construcción de canales, diques y reservas. Al poco tiempo entendieron que necesitaban al río Jordán. Si prestamos atención al mapa, sin embargo, podemos apreciar que lo que Israel enlista como sus fuentes de agua naturales no comprende únicamente territorio israelí: a Líbano, Siria, Jordania, Cisjordania y Gaza (territorios palestinos) también les corresponde lo suyo.

Tel Aviv – Foto: La Mecha

Aunque hiciéramos oídos sordos a la realidad de que parte del territorio de lo que se conoce hoy como Israel no es reconocido internacionalmente como tal –la ONU misma entiende que Israel ocupa una porción ilegalmente-, hablamos de fronteras difusas, que se han ido corriendo con los años y que siguen en disputa. El agua supo estar en el centro del conflicto y a lo largo del tiempo, la violencia o la diplomacia buscaron determinar el destino de este recurso transfronterizo.

Dos fechas resultan particularmente importantes. La famosa Guerra de los Seis Días en 1967 le dio a Israel la oportunidad de multiplicar su tamaño quitando tierras a Egipto, Siria y Jordania, tomando así el control de más fuentes de agua dulce que utiliza hasta el día de hoy. Un par de décadas después, en los años 90, vendría la firma de los Acuerdos de Oslo que determinarían la distribución de agua que se hace hoy en día entre israelíes y palestinos.

Sacando los trapitos sucios

La historia de éxito que Israel le muestra al mundo, su triunfo ante la naturaleza, su capacidad de “hacer retroceder el desierto”, evita por supuesto los detalles más incómodos. Vamos a revolver un poquito el cesto de la ropa sucia para dibujar un mapa que nos muestre cómo, a través de los años, Israel ha usado sistemáticamente el control del agua como una estrategia más para despojar a las y los palestinos de sus tierras. 

El acceso al agua no ha sido equitativo entre ambas poblaciones y mucho tuvieron que ver los Acuerdos de Oslo. Estos acuerdos fueron el resultado del último intento más serio por consolidar una paz duradera en la región, hace más o menos 30 años. Spoiler Alert: no sólo no lo lograron, sino que muchos ven en ese acto el origen de varios de los problemas que complejizan la resolución del conflicto. Entre ellos se encuentra el manejo del agua, cuyo régimen se acordó en 1995. 

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Los Acuerdos de Oslo, que se suponía tendrían un carácter temporal, determinaron el acceso de Israel a los acuíferos de la zona en un 80%, mientras que a las y los palestinos les correspondería el restante 20%. Así, un/a israelí tiene hoy acceso en promedio a 300 litros de agua por día, mientras que un palestino/a en Cisjordania tiene a su disposición 73 litros o incluso menos en comunidades rurales. La Organización Mundial de la Salud ha establecido que, para cumplir estándares mínimos de salud y sanidad, una persona debe tener como mínimo 100 litros de agua por día.

Pero, ¿qué mejor que escuchar la voz de las y los palestinos en medio de todo esto? La Mecha llegó hasta la capital, Ramallah, justamente para eso. Para esta nota, conversamos con tres trabajadores –que prefirieron no dar sus nombres- del equipo de dirección técnica de la Jerusalem Water Undertaking, la compañía que maneja el suministro de agua tanto en la capital palestina como en ciudades aledañas. 

La Mecha en Jerusalén

Allí explicaron que deben comprarle agua a Israel, pero que modificar el volumen estipulado es casi imposible. “Muchas veces les llamo en verano para que nos den más agua. Me dicen que esta es el agua que nos tienen que dar. Ellos controlan lo que les compramos, si queremos pagar por un adicional no podemos”, comenta el director del área. Cuando le pregunto si la cantidad de agua es suficiente para la población, me explica que depende de cada localidad. Que en Ramallah las tuberías son mejores pero que en otras ciudades como Hebrón, las personas generalmente acceden a agua corriente una vez cada dos meses. El resto del tiempo deben comprar agua transportada en camiones, algo que eleva muchísimo el precio al punto tal de que para algunas familias llega a representar un tercio o incluso la mitad de sus ingresos mensuales.

¿Podría Palestina generar entonces su propia infraestructura para el abastecimiento de agua? No es tan simple. En 1967, la Orden Militar 158 estableció que la única forma de que eso sea posible es obteniendo un permiso de Israel. “No tenemos el control de los recursos hídricos”, sentencia uno de los trabajadores. “En Palestina tenemos agua, tenemos agua subterránea, agua superficial, pero no podemos extraerla. No podemos cavar nuevos pozos ni hacer nuevas tuberías porque esto requiere permisos especiales del gobierno israelí, incluso para la importación de materiales”, explica. El problema es que esos permisos rara vez se otorgan: “Son muy difíciles de conseguir y es un camino muy largo: a veces son meses, a veces son años. Lo hacemos todo el tiempo, pero las chances son de un 50/50 y cuando rechazan una solicitud, no nos dan ninguna explicación de por qué no nos otorgan el permiso”, concluye.

Ramallah – Foto: La Mecha

Ante estos obstáculos, muchas veces la gente en Palestina decide construir sus propios sistemas de recolección de agua de lluvia sin obtener los permisos indicados. Como resultado son muy comunes las imágenes de fuerzas israelíes destruyendo las cisternas y los pozos de la gente a lo largo y ancho del territorio. Es que Israel, el todopoderoso, es también dueño del agua que cae del cielo. 

Mekorot, la compañía de agua israelí que les vende agua – la misma que nuestro gobierno tomó de ejemplo-, irónicamente “ha perforado sistemáticamente pozos y ha explotado manantiales en la Cisjordania ocupada para abastecer de agua a su población”, dice un informe de Amnistía Internacional. Cisjordania es territorio palestino. 

Compañía de agua de Palestina – Foto: La Mecha

El mismo informe registra que otra forma de limitar el agua tiene que ver con impedir o restringir el acceso de palestinos/as a distintas zonas de su Cisjordania. Las declaradas “zonas militares cerradas” se usan, por ejemplo, para salvaguardar asentamientos israelíes. Los asentamientos son una de las estrategias más cínicas de la ocupación israelí. Podríamos decir que se trata de pequeños barrios que Israel construye sobre territorio palestino. De esta manera, a diferencia de las guerras que antaño luchaban por conquistar nuevas tierras, Israel simplemente planta bandera en territorio ajeno y va comiéndose desde adentro lo poco que queda de Palestina. No es una sorpresa entonces que los asentamientos israelíes sean ilegales bajo el derecho internacional y que su mera existencia represente también una amenaza para el acceso al agua del pueblo palestino.

El mismo conducto que nos proporciona agua a nosotros, les proporciona a ellos. Pero ellos son la prioridad, nosotros somos el segundo consumidor”, dice con naturalidad uno de los trabajadores, como quien se resigna a una vida sobre la que no puede elegir. Y continúa: “Tienen que tener sus tanques llenos, un suministro constante de agua. Nosotros podemos tomar de lo que sobre. En el verano entonces tenemos el problema de que la cantidad de agua se reduce diariamente porque los colonos tienen más consumo. La cantidad que toman de más, la toman de nuestra parte”.

Piscina en Ma’ale Adumim – Foto de Amnistía Internacional

El informe de Amnistía Internacional aclara que es Mekorot también la que abastece estos asentamientos ilegales. Así, a metros de donde la comunidad palestina a duras penas consigue satisfacer una necesidad, los colonos israelíes nadan en sus piscinas y riegan grandes jardines. El informe además recopila las historias de quienes a través de los años han sido testigos de cómo se secaban los manantiales locales mientras Mekorot perforaba pozos en tierra palestina para suministrar agua a los visitantes que nadie invitó.

Como si eso no bastara, Israel hace tiempo se lanzó a construir un muro que lo separara de Cisjordania. Por “razones de seguridad”, argumentan, mientras le dan vida a un gigante de hormigón que no respeta las fronteras reconocidas internacionalmente. Porque no hay nada de azar en la estrategia israelí, el muro ha anexado de facto muchos asentamientos israelíes construidos ilegalmente en Palestina y con ello se ha llevado también el agua. “El nuevo muro tomó la mayor parte del acuífero Occidental, en el norte de Cisjordania. Los principales acuíferos ya no están”, explica otro de los trabajadores.

Muro Israel-Palestina – Foto: La Mecha

La Franja de Gaza, un pequeño territorio densamente poblado que le pertenece también a Palestina, se lleva la peor parte. Entre el 90 y el 95% del agua allí no es apta para consumo humano por los niveles de contaminación del acuífero costero.

Toda esta maraña de cosas viene ocasionando hace décadas el desplazamiento del pueblo palestino y en última instancia, su expulsión. No hay suficiente agua para la agricultura ni para la industria, a veces ni siquiera para el uso doméstico. Algunos optan por cultivos menos rentables que no usan tanta agua, como los olivos, pero eso afecta la diversificación de la economía. Otros directamente optan por mudarse a ciudades en las que hay mejor suministro. El agua literalmente mueve sus vidas.

El agua, un arma de guerra

Los acuíferos, las cuencas hidrográficas, a menudo no se someten a las fronteras políticas que hemos creado para dividirnos. El control sobre el agua, la “hidropolítica”, han sido centrales en las relaciones entre los pueblos.

Que Mekorot eche hoy raíces en la Argentina a través de una propuesta de cooperación, no es una novedad para Israel. El país ha sabido usar al agua como una herramienta diplomática desde hace varias décadas para romper el aislamiento que le proponía su lugar de nacimiento y mejorar su estatus a nivel internacional. Desde ofrecerle al mundo la tecnología de riego por goteo de Simcha Blass hasta generar programas de intercambio con África para promover el estudio de las técnicas agrícolas israelíes o lograr que China dejara de apoyar el boicot árabe a Israel para tener acceso a sus avances tecnológicos en esta materia. Israel se ha empecinado en mostrarle al mundo cómo el agua puede construir puentes y no sólo ser fuente de enfrentamientos. Sin embargo, puertas adentro, la cosa tiene otro tinte. En inglés la palabra “weaponization” refiere a usar algo como arma de guerra. Eso es lo que ha sucedido con el agua en este conflicto.

Compañía de Agua de Palestina – Foto: La Mecha

Sea cual sea la mirada sobre la historia intrincada de estos dos pueblos, el derecho internacional humanitario establece que Israel, como una potencia que ocupa los territorios palestinos, tiene una responsabilidad frente a esa comunidad. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) elaboró en 2021 un informe sobre el manejo del agua en esta región y recordó que la potencia ocupante, en este caso Israel, debe “mantener la salud pública y la higiene en el territorio ocupado”, y aclara que tiene prohibido “saquear y explotar cualquiera de los recursos y bienes del territorio ocupado”. Agrega que “la destrucción y apropiación generalizadas de bienes” pueden en última instancia representar una violación a la Cuarta Convención de Ginebra y “constituir un crimen de guerra”. Por ahora la justicia a nivel internacional sigue siendo más una ilusión que otra cosa cuando se trata de estos países, pero no por eso vamos a dejar de señalarlo.

En cualquier caso, es evidente que Israel implementa una política discriminatoria y racista en el acceso de la población palestina a agua limpia y segura. Atentar contra el derecho al agua lleva inevitablemente a generar otros problemas relacionados al desempleo y la pobreza. Este es parte del legado de Mekorot.

Consultado al respecto, con mucho acierto el secretario de Agua y Energía de San Juan, Ramiro Cascón, apunta que “Mekorot tiene un vínculo de colaboración con Jordania y con Bahréin. Si países árabes pueden trabajar con ellos, con todas las prerrogativas que puede haber por el conflicto de Israel con la comunidad palestina, creo que de alguna manera lo han resuelto”. Es cierto que esa es la dirección que han tomado algunos países de la región, dándole la espalda a su supuesta causa común.

No vamos a caer en la ingenuidad de plantear que como país no deberíamos relacionarnos con otros que tienen un registro por lo menos dudoso en términos de derechos humanos. Lo hacemos todo el tiempo. Pero nos hagamos cargo: por salvaguardar nuestro derecho al agua, estamos en este momento invirtiendo en una empresa que atenta contra ese mismo derecho.

Ojalá viésemos las mismas manos que se levantaron tan fervorosamente en otras ocasiones, invocando vaya una a saber cuántos valores para rechazar el involucramiento con otros países de historial dudoso. Pero la doble vara pareciera ser nuestro fetiche. Ya va siendo hora de sí, encontrar nuestro lugar en el mundo, pero hacerlo siendo muy conscientes de nuestras acciones y un poquito menos hipócritas.

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