Las facetas de “Pichi” Paredes, el vallista que murió en la Comisaría 12: vecino solidario, hombre de fe y lector sensible
Daniel falleció el pasado 22 de abril en circunstancias que aún se investigan. La Policía dice que se suicidó, pero los familiares y allegados lo niegan. Cómo era «El Pichi» , según los que lo conocían.

“Pichi” o “Pichirica”. Así conocían a Daniel Alberto Paredes en Valle Fértil. Vivía a una cuadra de la plaza principal de San Agustín, justo frente a la Escuela N°722 “Provincia de Formosa”, en la casa de su abuela, donde se crió junto a su hermano Renato. Al momento de su muerte, en la Comisaría 12, vivía solo en esa vivienda. La Policía sostiene que se suicidó, que se ahorcó en el calabozo con su camisa. Sin embargo, su familia, sus amigos y los vecinos que lo conocían rechazan esa versión y la consideran improbable.
Daniel y Renato eran hermanos por parte de madre y se criaron juntos toda la vida. Tenían un tercer hermano, que vivía con su padre biológico. Su madre había fallecido hacía más de 20 años. “Pichi” tenía tres hijas, de aproximadamente 20, 17 y 13 años. Mantenía el contacto con ellas, que solían visitarlo en el Valle.

Tenía 47 años. Según contó su entorno a La Mecha, era empleado municipal y trabajaba como placero, encargado de la limpieza de las plazas de Valle Fértil. Además de ese empleo, hacía changas para ayudar a sus vecinos y sumar ingresos: pintaba, cortaba el pasto y realizaba distintos trabajos informales.
La Mecha pudo acceder a la vivienda de Daniel. El inmueble donde habitaba fue una herencia de su familia. Allí vivía sin luz ni gas, apenas algunos muebles sencillos y una cama. Tenía dos bicicletas; una propia y otra de su sobrino que la estaba arreglando. Se calentaba al fuego de una chimenea, y antes de morir tenía planificado cocinar las empanadas para el cumpleaños de su hermano Renato. Sobre la mesa se encontraba una bolsa de harina para las preparar las tapas.




Bastaba hablar con cualquier persona en Valle Fértil para encontrar una coincidencia y es que todos lo conocían y nadie hablaba mal de él. Es cierto que tenía problemas con el alcohol y que en el pueblo eso era sabido. Sin embargo, lejos de marcarlo negativamente, quienes lo trataron destacan su forma de ser amable, gentil, buena persona. Lo describen también como alguien inteligente y hábil para los trabajos del hogar. Colocaba pisos, arreglaba enchufes, hacía reparaciones de plomería y armaba huertas para vecinos y amigos.
En el Valle, nadie habla mal del “Pichirica”. Era conocido por su predisposición para ayudar, muchas veces sin esperar nada a cambio. Podía trabajar por un plato de comida o por sumas mínimas con tal de dar una mano. Si bien atravesaba un problema de alcoholismo, estaba bajo tratamiento psicológico en el hospital local por derivación judicial. Según sus allegados, en el último tiempo “había cambiado muchísimo” y tenía proyectos en marcha, como ordenar su casa.
Un vecino solidario
Quienes lo conocían en Valle Fértil coinciden en algo y es que Daniel tenía un gran corazón. Fabiana, amiga y vecina, recuerda que un año antes de su muerte le hizo una “huerta divina” a su madre, una mujer anciana. No cobró dinero. Trabajaba por un plato de comida, por ayudar, por estar. Ese desinterés material fue, justamente, lo que le hizo ganar la confianza de quienes lo rodeaban. Fabiana confiaba tanto en él que lo dejaba solo al cuidado de su madre mientras trabajaba en la huerta.
No eran familiares, pero el vínculo era cercano, casi de familia. Daniel pasó días enteros en su casa, haciendo de todo, desde cocolar pisos y arreglar enchufes hasta solucionar pérdidas en el baño. La confianza era total. En una ocasión, Fabiana tuvo que salir a hacer trámites y dejó a su hija pequeña durmiendo mientras él trabajaba. Cuando llegó la niñera, se encontró con una escena inesperada. Daniel había preparado té con pan y había salido a comprar galletas con su propio dinero, por si la niña se despertaba con hambre.

Una semana y media antes de su muerte, Fabiana lo vio “excelente”. Tanto, que le propuso contratarlo formalmente por 70.000 pesos mensuales para encargarse del mantenimiento de su casa. Incluso le ofreció dejarle las llaves cuando tuviera que viajar. Daniel se emocionó. Le dijo que ella era “como su hermana” y que siempre la cuidaría. También le confesó que se sentía bien, que “Dios lo ayudaba”.
Habían acordado que él haría tareas mensuales —cortar el pasto, arreglar mangueras— como parte de un proceso para recuperarse del alcoholismo y ordenar su vida. Hoy, Fabiana expresa bronca y dolor. Cuestiona que la Justicia no haya permitido a los allegados ver ni vestir el cuerpo, algo que considera clave para iniciar el duelo. Y lo recuerda así: con voluntad de cambiar, como un “buen hijo, buen vecino y buen padre”.
Un hombre de fe
Antonio, al que todos conocen como “Tony”, era amigo de Daniel. Compartían la fe. Lo recuerda como alguien “muy creyente”, con quien tenía un vínculo espiritual fuerte. Solían orar juntos. A veces, Tony le predicaba y Daniel escuchaba con atención. Todavía conserva una foto de una reunión con jóvenes de la iglesia. Allí se lo ve a Daniel, atento, concentrado. También llegó a conocer a una de sus hijas, que en una ocasión asistió a esos encuentros. El contacto era frecuente. Se escribían mensajes y Tony le enviaba el devocional.

Lo define como alguien con un “corazón de Dios único”, una persona que dejaba huella en los demás. Tras su muerte, cuenta que el grupo de la iglesia quedó profundamente golpeado. Todos coinciden en lo mismo: la versión del suicidio no encaja con quien era Daniel.

“Yo sí sé que él ama a su hermano, lo ha amado siempre. Para su cumpleaños le preparaba picadillo y empanadas, era su tradición. Le encantaba compartir. ¿Por qué un día antes del cumpleaños del hermano se va a suicidar? No lo entiendo. Todos sabemos que el Pichi no era así”, relató Tony.
“Por donde iba era respetuoso, siempre. Era inteligente, muy inteligente. Tenía ese problema con el alcohol, sí, pero no era agresivo. Hay gente que toma y busca pelea. Él no. No era así”, agregó.
Sus vecinos lo describen como alguien respetuoso, que “amaba a los niños y respetaba a las mujeres”. No era una persona agresiva.
Una faceta poco conocida: el lector
Carlos Zalazar, profesor de Letras, lo define como “un hermano de la vida”. Se conocieron a los 13 años y mantuvieron una amistad íntima hasta su muerte. Compartieron aprendizajes, recorridas por el pueblo y hasta una etapa en la que ambos vivieron en la Capital.
Salazar revela algo que pocos sabían: Daniel era un gran lector. Hablaban seguido de literatura. Le prestaba libros. Uno de sus favoritos era Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda. Se lo pidió tantas veces que terminó regalándoselo. Leía todo lo que tenía a mano, sobre todo en papel. También leía la Biblia. Su canción favorita era “Creep”, de Radiohead. Era de River, pero no le llamaban la atención los deportes.

A pesar de una vida atravesada por momentos duros —la muerte de su madre en 2000, la ausencia de su padre—, Zalazar asegura que Daniel “amaba la vida”. Lo recuerda como alguien de “bondad total”, con una sensibilidad que por momentos parecía la de un niño.
No esquiva el problema con el alcohol. Dice que convivía con sus “demonios”, pero que eso no le quitaba las ganas de vivir. También destaca su desapego material. Era capaz de pasar hambre con tal de compartir lo que tenía. Incluso participó como voluntario en incendios, colaborando con los bomberos.

Hoy, el pueblo está conmocionado. Y, según Zalazar, hay un reclamo claro: saber qué pasó. Que haya justicia. Y que algo así no vuelva a ocurrir.
Las últimas horas y las dudas
La Policía sostiene que lo detuvieron por orinar en la vía pública y por acosar mujeres. Sin embargo, quienes lo conocían rechazan de plano esa versión y aseguran que nunca había tenido conductas de ese tipo.
Esa noche, la del martes 22 de abril, hubo testigos. En la marcha del jueves 30 de abril, varios allegados a Daniel señalaron a una persona que había visto todo. Ese joven, que pidió no ser identificado por temor a represalias, contó a La Mecha que, cerca de las 21, vio cómo dos policías empezaron a empujar a Daniel contra la reja de su casa. Lo molestaban. Daniel estaba ebrio. Era flaco, alto, y le costaba mantenerse en pie, según describen.

Dos horas más tarde, minutos antes de las 23, un patrullero pasó por la esquina de Tucumán y Mitre y lo levantó. Fue la última vez que un civil lo vio con vida.
La versión policial indica que se suicidó alrededor de las 00.30 del miércoles 23 de abril. Que se ahorcó en el calabozo con su camisa, colgándose de las rejas. Según ese relato, minutos antes había pedido permiso para ir al baño. Los tres efectivos que estaban de guardia en la Comisaría 12 esa noche hoy se encuentran de licencia. La Fiscalía aún no avanzó con una investigación que determine responsabilidades.
Hay preguntas que siguen abiertas. Alguien debía custodiarlo. Sus allegados lo ponen en duda. Dicen que, en ese estado, le hubiera resultado muy difícil hacer un nudo y ahorcarse. Y agregan otro dato: la propia Policía sostuvo que lo encontró colgado, pero “de rodillas”.
Las dudas, por ahora, son muchas.
