La única lucha que se pierde es la que se abandona

Un relato de la quinta convocatoria de la Marcha Federal Universitaria de la mano de una sanjuanina perdida en Buenos Aires. Entre represión y lucha, la ciudad se vuelve un manifiesto al coraje, la resistencia y la convicción.

359 días. Nueve fallos. Tres instancias de ratificación. Más de dos años de lucha. Un pueblo en vilo, armado de fiereza y voracidad, con un porvenir que defender. La Plaza del Congreso está copada por una marea infinita de agrupaciones estudiantiles, sindicatos, organizaciones sociales y políticas, docentes, investigadores, trabajadores y autoconvocados que soportan la intempestividad, y no solo la del aguacero porteño. Pese al desgaste, la fuerza del gen popular no claudica.“Por la educación, la soberanía y la democracia”, reza una de las pancartas que recorre el gentío.

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Partimos, junto con la Unión Docentes Argentinos (UDA), desde San Juan rumbo a CABA el miércoles 14 a las 18. La travesía agrupó a facciones del gremio de distintos puntos del país. Karina Navarro, Secretaria General de la entidad en San Juan, a propósito de la participación de nuestra provincia en el reclamo, enfatizó: “Cuando el Gobierno y la política miran para otro lado, ignoran las leyes e intentan tapar el vaciamiento educativo con parches o amparos que no solucionan nada, la única herramienta que nos queda a los trabajadores es la unidad y la presencia en la calle”.

El jueves 15 de octubre miles se reunirían para reclamar la aplicación efectiva de la Ley de Financiamiento Universitario. También para apoyar una sesión especial convocada en Diputados que trataría tres proyectos: la prórroga de la Ley de Emergencia en Discapacidad, medidas para el alivio del endeudamiento de las familias y la derogación del DNU 70/23, que incluye la eliminación de la Ley de Tierras.

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Fue un viaje de 16 horas. Había quienes iban por su cuenta, pero también quienes decidían compartir el reclamo acompañados y acompañadas por su familia y/o amistades.

Buenos Aires nos recibió con una postal decisiva. Mientras pasábamos cerca del Hospital Posadas, había un mural de la UBA. Tenía el dibujo de un calendario que contenía el número 15 en sus hojas. En letras mayúsculas, exclamaba: “TODOS AL CONGRESO”.

Llegamos con el tiempo necesario para dejar nuestras valijas y enfilar hacia la convocatoria. Tomamos la Línea A, partiendo desde Plaza Miserere hasta Lima. Cada estación tiene su decorado —o dejadez— propios. Una de ellas presentaba un cuadro con una fotografía de la famosa “Escultura de los Deseos”, de Marta Minujín. La obra está compuesta de un inflable gigante de vívidos colores que imita una figura hecha con globos. En ella, la artista invita al público a susurrar sus anhelos, con la esperanza de que estos se cumplan. La ciudad parecía estarnos leyendo la mente.

Cuando bajamos, estábamos casi en plena Avenida de Mayo. En esa arteria comenzaría el verdadero periplo.

Eran las 12 del mediodía. El sol aparecía y se escondía de a ratos. Había habido ya una leve lluvia; chispeó, como decimos acá, en San Juan. La muchedumbre comenzaba a aparecer lenta, pero firme. 

Poco a poco, también llegaban los y las vendedoras. Desde manteros y manteras, hasta puestos ambulantes y carritos de comida. Pañuelos, stickers, bebidas, remeras, banderas y parches dotaban de color a la protesta. El aroma inconfundible de los primeros chorizos asados era una premonición del almuerzo para muchos y muchas de las que estábamos ahí.

Diversos estandartes también copaban el espacio colindante: CTERA, UTE, FATUN (Federación Argentina del Trabajador de las Universidades Nacionales), CTA, el FIT-U —por nombrar unos pocos—. A la par, los primeros bombos ya empezaban a rugir colmados de ímpetu.

Había, a lo lejos, una cúpula verde e inconfundible: el Congreso de la Nación. La multitud seguía congregándose, aunada para salvaguardar su futuro. Ahí, latía el corazón de la demanda: “Universidad de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode”; “Colonia no, Patria sí”. Los cánticos vibraban decorados por un soundtrack tan variado como enérgico: “Vivo”, de Gustavo Cerati y canciones de Los Palmeras y Rodrigo.

Con “La vida tómbola”, de Manu Chao, sonando de fondo, Paola, acompañante terapéutica y psicóloga social, cuenta cómo debe hacer ferias todos los fines de semana porque su labor en tres centros educativos terapéuticos no le alcanza para llegar a fin de mes. “No todas las personas tienen los mismos recursos para poder afrontar su calidad de vida. Por eso, estoy acá: por mi profesión, por mis alumnos y por mi marido, que también tiene una discapacidad”, detalla sobre su presencia en la jornada.

Sobre la Avenida Hipólito Hirigoyen, está Vanessa. Tiene puesta una pechera blanca con bordes rojos y una cruz, también del mismo color, en el centro de la prenda. Está junto a sus compañeros y compañeras de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. El grupo está a punto de recibirse de la Tecnicatura Universitaria en Emergencias Sanitarias y Desastres. Desde el voluntariado de su institución educativa, siempre socorren a quienes lo necesiten durante movilizaciones masivas.

“Tengo 49 años y estoy formándome. Estoy orgullosa de estar acá y defender mi casa de estudio, que es lo más lindo que tengo. Quiero que toda persona que lo desee pueda hacer lo mismo”.

Frente al cine Gaumont, Laura, docente en la Provincia de Buenos Aires, con 23 años de experiencia, denuncia: “Estoy cansada y endeudada, como todos mis compañeros y compañeras. Pero hay que seguir porque así se ganaron los derechos que tenemos”.

Desde el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), reclaman 11 billones para el sostenimiento del sistema público de educación. Es decir, salarios —docentes y no docentes—, becas y gastos de funcionamiento. Pero el Ejecutivo nacional elevó un proyecto que contempla un 33 por ciento menos. 

En medio del desguace y la caída de transferencias, los docentes han perdido, hasta mediados 2026, el equivalente a casi 11 salarios. Tienen el sueldo más bajo en los últimos 23 años. Martín Cormick, juez federal en lo Contencioso Administrativo, dispuso astreintes (multas diarias) para los funcionarios y funcionarias que deben encargarse de hacer cumplir la Ley de Financiamiento Universitario. Fueron frenadas por la Justicia.

De nuevo en Avenida de mayo, portando en su mano izquierda la Wiphala, está Kantuta. Es habitante de la comunidad originaria Ayllu Mayu Wasi, perteneciente al pueblo quechua. Con un semblante firme, reivindica el derecho a la soberanía territorial que el DNU 70/23 corrompe: “Para nosotros y nosotras es terrible porque significa que las tierras, nuestras tierras ancestrales, tierras de quienes han luchado, trabajado y vivido en ellas pueden ser enajenadas. La vida de todos y todas está en juego. Por eso tenemos que estar aquí, fuertes y defendiendo lo que es nuestro”.

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“¡Abrí los molinetes!, ¡abrí los molineeeeetes”, canta una turba atestada en las escaleras de la estación Sáenz Peña. Afuera, el cielo se parte en dos con un aluvión monumental que no deja a ningún paraguas indiferente.

Hacía tan solo unos momentos estaba cantando el himno, parada, absorta, al lado del Monumento a los Dos Congresos, escuchando cómo estallaban cientos de fuegos artificiales. La gente vitoreaba, silbaba y coreaba con entusiasmo. Por su lado, la Policía había activado el protocolo antipiquetes.

Ingenua a ello, vine a la estación a guarecerme del diluvio por un momento. En parte, también fue porque había extraviado al grupo con el que estaba.

Agustina, periodista de Agencia Uno de la Universidad de Lomas de Zamora, estaba en la misma situación: había perdido a su compañero de cobertura y buscaba refugio. Por ella, me enteré de la represión. “Vi volar cartuchos de gas lacrimógeno por los aires”, narraba.

El balance posterior fue grotesco. Entre 25 y más de 30 detenidos y detenidas. Múltiples personas heridas. Balas de goma, gas pimienta y camiones hidrantes para intentar acallar el retumbe colectivo. Ambulancias frenéticas que recorrían las calles para llegar a tiempo a los pedidos de auxilio. Un Gobierno Nacional que denuncia a manifestantes como culpables de la propia violencia ejercida desde el poder.

Como pude, me abrí paso entre la gente y salí de nuevo a la calle. Un afluente de millares seguía llegando. Cuando creía que la multitud acababa, no hacía más que crecer.

Una escena distinta a la crueldad de las Fuerzas de Seguridad me golpeó de frente, muy gratamente. Un grupo de chicas, totalmente empapadas, soportaban el torrente y danzaban alegres al ritmo de unos estruendosos tambores.

Como siempre, este pueblo es una oda a florecer en la adversidad.

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