Segunda vuelta en Brasil: Lula busca el milagro

Los números de la primera vuelta fueron desoladores para quienes ven en el triunfo de Bolsonaro un futuro peligroso. La Mecha entrevistó a una integrante del movimiento digital de la campaña de Lula para entender qué cambió antes del balotaje.

“Nunca fue tan fácil votar en Brasil. No por el contexto, cuyos ánimos expresan más bien lo contrario. Sino porque no hay medias tintas, porque con dos titanes como Lula y Bolsonaro, se está de un lado o del otro”.

Hace exactamente cuatro años publicábamos esto en un artículo de La Mecha. 

Otro ballotage, los mismos apellidos.

Lula era Lula, pero Bolsonaro era Jair Bolsonaro. Esta vez es Flávio, su hijo mayor, el que ocupa ese lugar. Jair no puede, no lo dejan, intentó cometer un golpe de Estado en su país y hoy está preso por eso. No sabemos por cuánto tiempo, porque Flávio promete concederle el indulto en cuanto ponga un pie en el Palacio del Planalto.

¿Qué futuro para Brasil? ¿Qué futuro para la región?

La Mecha entrevistó a una abogada brasileña que forma parte del movimiento de activismo digital en la campaña de Lula para entender cómo se viven las vísperas de la segunda vuelta.

Un país polarizado

Hace tiempo que había pronóstico de segunda vuelta. Si bien eran trece los candidatos que buscaban la presidencia de Brasil, la gente no quiso desperdiciar el voto y se volcó por las dos opciones con posibilidades reales. De ahí que las elecciones del 4 de octubre se convirtieron casi en un plebiscito anticipado entre el Partido Liberal (PL) y el Partido de los Trabajadores (PT).

La única sorpresa fue que Flávio Bolsonaro sacó ventaja con el 47,03% de los votos y Luiz Inácio Lula da Silva quedó segundo con el 45,16%: las encuestas preveían el escenario inverso. La diferencia fue de poco más de dos millones de votos.

Y ahí es donde empiezan las matemáticas.

Ninguna de las demás candidaturas logró romper el techo del 3%, dejando a todas las terceras vías relegadas a un escaso 7,8% conjunto. Aun así, la mayoría de esas opciones se inclinan hacia posiciones de derecha, un dato que claramente favorece a Flávio Bolsonaro.

La disputa, entonces, pasa por los más de 33 millones de brasileños y brasileñas que no fueron a votar. Los antecedentes de todas maneras juegan en contra: desde hace más de una década que en Brasil la abstención en la segunda vuelta es mayor que en la primera.

Lula la tiene difícil, muy. Pero algo pasó entre la primera y segunda vuelta.

Quienes viajaron a cubrir las elecciones ese 4 de octubre describían cierta sensación de apatía en las calles. Eso parece haber cambiado. Este sábado ambos candidatos cerraron sus campañas con movilizaciones multitudinarias. La efervescencia se siente también en las redes sociales.

Antes que ensayar respuestas, hablamos con quienes tomaron especial protagonismo desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta: las y los jóvenes de la campaña de Lula. Desde La Mecha entrevistamos a una abogada brasileña de 35 años, oriunda de Recife, involucrada en el movimiento de activismo digital.

El escenario actual ha hecho que muchas personas prefieran no dar a conocer sus nombres por miedo a futuras represalias, así que la llamaremos Raquel.

Por qué pasó lo que pasó

Para Raquel, la victoria de Flávio Bolsonaro en primera vuelta no se explica por un sólo factor.

La respuesta más obvia está en el histórico antipetismo: “hay un sentimiento anti Lula o anti Partido de los Trabajadores muy arraigado en Brasil, alimentado a lo largo de los años por grandes conglomerados de prensa”. Ella entiende que existe un resentimiento profundo en sectores acomodados frente a las políticas de redistribución del ingreso y expansión de derechos implementadas durante los gobiernos de Lula, percibidas por algunos como una pérdida de privilegios.

Dice que a este fenómeno se le suma el afán de vincularlo con la corrupción. Si bien escándalos como el Mensalão y el Lava Jato salpicaron al Partido de los Trabajadores y Lula incluso estuvo en prisión, suelen dejarse afuera algunos detalles. En 2021, el Supremo Tribunal Federal (STF) anuló las condenas de Lula al considerar que el tribunal de Curitiba no tenía competencia para juzgar esos casos. Después, el máximo tribunal confirmó que el entonces juez Sérgio Moro no fue imparcial en el enjuiciamiento de Lula. Tal es así que más adelante Moro sería designado como ministro de Justicia y Seguridad Pública durante la presidencia de Jair Bolsonaro.

Pero la batalla de la percepción pública no siempre se gana con datos.

Raquel añade a esto la construcción de un mito de perpetuidad en el poder. Dice que la retórica bolsonarista ha logrado instalar la idea de que “hace 20 años que Lula está en el poder”. Pero en el medio gobernó Dilma Rousseff -a quien destituyeron con un proceso de impeachment-, Michel Temer y Jair Bolsonaro. 

Por eso llegamos hasta acá, piensa Raquel: “Hay mucha gente que está obsesionada con sacar a Lula del poder, cueste lo que cueste. Están dispuestos a votar cualquier cosa, incluso lo más radical”.

Un Bolsonaro lo vuelve a intentar

Del otro lado del tablero, la figura de Flávio Bolsonaro no está libre de polémica. 

Como explica Raquel, el senador por Río de Janeiro condensa un prontuario político atravesado por su cercanía con las milicias paramilitares fluminenses – grupos parapoliciales integrados por ex agentes que controlan territorio bajo el pretexto de combatir el delito- y las sospechas que salpican a su entorno familiar en torno al asesinato de la concejala de izquierda Marielle Franco.

A esta trama se suman los frentes judiciales que lo acorralan en el propio Supremo Tribunal Federal: la causa por corrupción y lavado de dinero en relación al Banco Master, y la investigación que vincula a Flávio Bolsonaro con  presuntas maniobras de lavado junto a un abogado clave de la red de fraudes en el Instituto Nacional do Seguro Social (INSS).

“Lo que da mucho miedo, además del extremismo, es que tiene un proyecto de llegar al poder para terminar con todas esas investigaciones, salir impune y liberar a su papá, preso por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023”, advierte Raquel. 

Es sabido que la extrema derecha podría avanzar sobre reformas constitucionales en caso de llegar al poder.

La disputa por el sentido

Aquel 4 de octubre, Raquel sintió lo mismo que tantos otros en Brasil cuando se dio a conocer que Flávio Bolsonaro había obtenido dos puntos de ventaja sobre Lula da Silva. Fue un “susto colectivo”, dice.

En algunos sectores había incluso esperanza de que Lula ganara en primera vuelta. “Yo pensé que no había posibilidad de que perdiera: nos dimos cuenta de que estamos realmente viviendo en burbujas algorítmicas”.

La realidad les pegó un cachetazo. La extrema derecha viene creciendo en Brasil. Raquel explica que antes se lo atribuían a los grandes medios de comunicación y al “ascenso de un movimiento evangélico neopentecostal más fundamentalista” que ha utilizado a esas iglesias como espacios de apalancamiento político. También al “conservadurismo moral” que cuestiona al feminismo, a la comunidad LGBTIQ+ y otros movimientos sociales como factores asociados a la izquierda que amenazan el “valor tradicional de la familia”.

Pero, dice Raquel, no se le prestó suficiente atención a la manera en que la gente joven estaba consumiendo este tipo de información en redes sociales. “La izquierda -que siempre estuvo mucho más vinculada con sindicatos, movimientos sociales, de mujeres, etcétera-, no tenía este afán de estar reposteando cosas en las redes o de crear contenido. Nos dimos cuenta de que teníamos que también traer el debate acá”.

Por eso estas tres semanas que transcurrieron entre la primera y segunda vuelta se volvieron una carrera contra el tiempo para profundizar la campaña digital y acercar a las y los que se abstuvieron.

La estrategia de comunicación del oficialismo dio un giro sustancial hacia las plataformas para pelear la conversación cara a cara.

Por un lado, se abandonó paulatinamente el formato tradicional de piezas audiovisuales institucionalizadas y con mucha producción. “Lula comenzó a hacer video selfie, a hablar directamente con la gente en las redes, cosa que antes no hacía”.

Por otro, explica Raquel, la campaña les abrió el micrófono a las nuevas voces del espacio. La narrativa oficial incorporó con más fuerza a la camada de diputados y diputadas jóvenes de izquierda que lograron bancas en los comicios. 

Pero mucho de lo que sucedió también tiene que ver con lo que ella define como “una tarea de hormiguita”, la militancia de a pie que busca torcer la balanza. El mejor ejemplo es la red de más de 10 millones de personas articuladas en un canal de WhatsApp llamado “Ejército de Lula”, donde se han venido bajando consignas diarias de comunicación para las y los “soldados de Lula”.

“Nosotros estamos interactuando con todo, comentando todo, poniendo hashtags. Está todo el mundo loco. Se lo pedimos también a la gente de fuera de Brasil para darle un boost de interacciones a Lula y ver si combatimos la lógica de Meta”, dice Raquel.

Se refiere a la denuncia que el equipo del PT presentó ante el Tribunal Superior Electoral. Esto tras multiplicarse los reclamos por fallos en Instagram, Facebook y WhatsApp: desde videos que quedaban mudos de repente, hasta botones de compartir desactivados y un alcance reducido en cuentas de influencers afines al oficialismo.

Trabajadores de Meta reconocieron que las restricciones perjudicaron las cuentas del actual presidente, mientras que el algoritmo recomendaba el perfil de su adversario.

El episodio más crítico se vivió con Meta AI en WhatsApp: el chatbot generaba afiches de Flávio Bolsonaro sin problemas, pero rechazaba hacer los de Lula, alegando un filtro de seguridad. Ante la intimación judicial, Meta admitió «inconsistencias técnicas» en sus sistemas que perjudicaron la campaña oficialista, aunque negó cualquier intencionalidad política.

Raquel dice lo que muchos vienen discutiendo hace tiempo: “esto es una amenaza para la democracia en todas partes, por el alcance que tienen las redes sociales hoy, y porque todas pertenecen a una oligarquía tecnócrata. Es muy, muy preocupante”.

En busca de la épica

Terminamos la entrevista. Raquel se disculpa por hablar demasiado, dice que usó nuestra conversación también de “desahogo”. Así se sienten millones de brasileñas y brasileños que, apenas conocieron los resultados de la primera vuelta, entendieron que todo lo que daban por sentado podría esfumarse. 

Por eso en estos veintiún días que separaron a la primera de la segunda vuelta, pisaron el acelerador y salieron a hacer lo que podían. A repartir stickers a sus vecinos, a escribirle a sus amigos dentro y fuera de Brasil.

Más tarde sabremos si fue suficiente. Más tarde sabremos si alcanzó. 

Hace falta un milagro, sí, pero si alguien sabe de remontadas históricas es Luiz Inácio Lula da Silva.

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