La République en llamas: estudiantes franceses ponen en jaque a Macron
Lo que empezó como un reclamo estudiantil derivó en una movilización masiva contra el modelo de austeridad. Frente a gobiernos que responden con recortes y gases lacrimógenos, las movilizaciones en Francia y Argentina demuestran que el derecho a la educación se defiende más allá de las urnas.

Les han dicho “violentos”. Les han dicho que “así no”. A uno y otro lado del Atlántico, estudiantes y docentes que protestan por las condiciones del sistema educativo reciben calificativos similares.
¿Por qué se han convertido en blanco de las políticas de ajuste? ¿Por qué responden los gobiernos con represión?
Buenos Aires y París están más cerca de lo que parece.

Una historia a la francesa
Las y los estudiantes franceses están en las calles desde hace semanas. No han salido a las calles, están. Es la mayor movilización que han hecho en décadas, con bloqueos masivos en liceos de todo el país – las escuelas a las que asisten jóvenes de entre 15 y 18 años.
Reclaman por las condiciones de los establecimientos educativos en Francia -sobre todo frente a las altas temperaturas durante la última ola de calor – y la falta de docentes y personal de apoyo.
Según el Ministerio de Educación, durante el ciclo lectivo 2024-2025, casi el 10% de las horas de clase no se dictaron en las escuelas secundarias públicas y cerca del 7,5% de esas horas perdidas se debió a la falta de suplentes. Esto tiene mucho que ver con el recorte que hizo el gobierno en educación, que en los últimos años suprimió unos 4 mil puestos docentes.

Profesores sobrecargados, estudiantes que pierden clases y cargas horarias que describen como “insoportables”.
A esto se le suma la sombra del Parcoursup. En Francia, aprobar el secundario permite acceder a una plaza universitaria, pero no de cualquier carrera. Como algunas tienen más demanda que otras, se genera una competencia feroz entre estudiantes. Esto carga de ansiedad al proceso de admisión universitaria. Parcoursup es la plataforma digital que asigna las vacantes para la educación superior. Quienes protestan consideran que el sistema es “elitista y discriminatorio”, por “perjudicar a los alumnos de entornos más desfavorecidos”.
Frente al colegio público Sophie-Germain, en el cuarto distrito de París, Aya e Ida, dos alumnas de 16 años le dijeron al periódico Le Monde: «No tenemos idea de qué nos dará Parcoursup. Vamos a la escuela de 8 de la mañana a 6 de la tarde, lo damos todo, solo para que un programa de computadora decida nuestras vidas».

Las y los estudiantes universitarios también dijeron presente. Se sumaron a profesores y líderes sindicales en repudio a la violencia policial.
Es que la represión ha sido la respuesta más contundente del gobierno frente a los reclamos. Nada nuevo en el gobierno del presidente Emmanuel Macron, que primero envía a las fuerzas policiales y después escucha. El síntoma más claro de esta prioridad estatal queda en evidencia en las pantallas: la figura con mayor centralidad mediática no ha sido el ministro de Educación, Édouard Geffray, sino el ministro del Interior, Laurent Nuñez. Para el gobierno francés, el conflicto educativo se gestiona antes en el terreno del orden público que en el del diálogo presupuestario.
Lo demuestran también los gases lacrimógenos, los cientos de heridos y detenidos, las investigaciones internas en la policía por denuncias de violencia contra las y los manifestantes.
Ni siquiera se ha visto un matiz en el uso de la fuerza en un escenario de protestas que ha nucleado mayoritariamente a menores de edad. Las y los agentes han actuado como lo harían en cualquier otro caso.
Y entonces, en medio de la represión, un joven quiso recoger una granada aturdidora de la policía y perdió una mano, a otro le tiraron una lata de gas lacrimógeno a la cara y perdió los dientes.
¿Y el Estado dónde está?
En los pasillos del Parlamento, el gobierno de Emmanuel Macron batalla por aprobar un presupuesto de recorte de gastos. El aumento de la deuda pública tiene en vilo al mercado de bonos.
El reclamo de las y los estudiantes llega entonces en un momento de profundo malestar en las finanzas públicas y un gobierno que pretende medidas de austeridad que por supuesto alcanzan a la educación.
Ante los últimos acontecimientos, muchos han buscado resaltar un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que indica que el Estado francés destina un 5,1% del PBI a la educación, más que la media de la Unión Europea. Sin embargo, la lectura macroeconómica no contempla la presión demográfica generada por el repunte de natalidad de finales de los 2000 y principios de los 2010, justo cuando nació la generación que hoy toma las calles.
La falta de inversión proporcional para acompañar ese volumen de estudiantes derivó en cursos sobrepoblados, sin la cantidad necesaria de profesores ni suplentes para cubrir las licencias. Se estima que en 2025 se perdieron al menos 20 millones de horas de clase.
«Los jóvenes sólo quieren estudiar y aprender en condiciones dignas. El Estado francés parece sorprendido por el empeoramiento de los resultados escolares, pero no está haciendo nada para remediarlo», le dijo Sofiane, estudiante de literatura de 19 años, al medio The Guardian.
Testimonios hay miles, pero el Palacio del Elíseo insiste en que las y los estudiantes no son más que peones de una lucha ajena.
El argumento se apoya en el respaldo explícito que le dio al movimiento juvenil La Francia Insumisa (LFI), el principal espacio de oposición de la izquierda. Su líder, Jean-Luc Mélenchon, marchó junto a las y los manifestantes en las calles de París. La derecha francesa lo acusa de querer instrumentalizar las protestas en la carrera hacia las elecciones presidenciales de 2027 y de ser el motor detrás del caos generalizado que se ha vivido estos días en Francia. Han llegado incluso a exigir que se declare la ilegalidad del partido.
Una vez más, los gobiernos eligen subestimar a las y los jóvenes. Que al parecer han paralizado cientos de colegios y universidades sólo porque un dirigente de la oposición se los ha pedido.
Marianne se viste de amarillo

Libertad, igualdad, fraternidad. La figura de Marianne es mucho más que una alegoría histórica. Con su gorro frigio y su busto esculpido en cada ayuntamiento del país, Marianne encarna los valores de la Revolución de 1789, esos que le dieron forma a la república francesa.
Este fin de semana, la escultura de Marianne que domina la plaza de la República en París amaneció vestida con un chaleco amarillo.
Es que lo que empezó en septiembre como un reclamo de estudiantes y docentes, derivó en una jornada de movilización nacional. Este sábado 17 de octubre, la juventud coincidió en las calles con los viejos referentes de los gilets jaunes – los chalecos amarillos que pusieron en jaque al primer mandato de Macron. También había agricultores golpeados por la crisis, sindicatos, trabajadores, feministas, jubilados, ambientalistas. Francia toda convergió en el hartazgo.
Al menos medio millón de personas se manifestaron en todo el país. La falta de presupuesto en las aulas terminó siendo el catalizador de un malestar generalizado por el aumento del costo de vida y el deterioro de los servicios públicos.
Hoy las noticias que llegan desde suelo francés muestran saqueos, negocios destrozados, un Macron de traje acusando a “rebeldes salidos de grupos de extrema izquierda y delincuentes”.
Fue un día de mucha violencia en Francia, es cierto. Hubo incendios, enfrentamientos con la policía, manifestantes y agentes heridos y más de 2.500 detenidos. Según el presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Francia (CCI), alrededor de 2 mil comercios se vieron afectados. Y hasta el ayuntamiento de la ciudad de Limoges, construido en el siglo XIX, quedó en ruinas.
Algunos responsabilizan a “grupos de alborotadores”, gente vestida de negro, gente con máscaras y pasamontañas.
El Gobierno anunció toques de queda locales y prometió orden. “Orden”, esa es la prioridad de Macron en los seis meses que le quedan.
La crisis que despertó una discusión sobre la educación amenaza con transformarse en un estallido multisectorial a las puertas de un nuevo año electoral.
Macron termina su presidencia como la empezó: con Francia prendida fuego, como en las primeras manifestaciones de los chalecos amarillos. Y, sin embargo, entre fotos de vidrieras reventadas y agentes de la policía lanzando gases lacrimógenos, poco se habla de lo que importa.
¿Qué significa para un país que cientos de miles de jóvenes lleguen todos los días a las 8 de la mañana a sus escuelas para bloquearlas? ¿Por qué han tenido que llegar hasta ahí para que alguien escuche las condiciones en las que tienen que estudiar?
No es sólo Francia. No es sólo Argentina y su quinta marcha federal universitaria exigiendo que se garantice el financiamiento que sostiene a la universidad pública.
La ola francesa cruzó la frontera hacia Bélgica y derivó en huelgas nacionales contra un plan de austeridad presupuestaria que prevé recortes de miles de millones de euros, desatando enfrentamientos en las calles de Bruselas y Lieja tras el anuncio de subas en las tasas universitarias.
En Italia, Milán fue escenario de choques con las fuerzas de seguridad en medio de movilizaciones contra la inflación, mientras que en Portugal y España la gente ha tomado las plazas de Lisboa y la Puerta del Sol en Madrid para denunciar la crisis habitacional. Es que la especulación inmobiliaria y los aumentos desmedidos en los alquileres han expulsado a familias enteras de sus barrios.
El descontento también cala hondo en los Balcanes. En Albania, lo que comenzó como la resistencia del Movimiento Flamingo contra la avanzada de mega emprendimientos turísticos de lujo en la costa sur, escaló hasta transformarse en una movilización nacional contra el primer ministro Edi Rama que este fin de semana dejó choques abiertos con la policía. Mientras tanto, en Serbia, el movimiento estudiantil lleva meses protestando contra la corrupción después de que el derrumbe de la marquesina de una estación de trenes causara la muerte de 16 personas. El conflicto acorraló al presidente Aleksandar Vučić, que tuvo que llamar a elecciones.
No es casual. Mientras el mundo da un giro a la derecha -y a la extrema derecha-, la juventud se rebela ante las políticas de ajuste y la idea de que “no hay otro camino”.
Esta generación a la que tanto se ha criticado y que vive en carne propia los límites de las democracias actuales, ha entendido que las aulas, la vivienda digna, la posibilidad misma de futuro se defienden más allá de las urnas.
¿Podrá el malestar de estudiantes y docentes marcar la agenda política de los próximos meses en Francia?
Es difícil saber si lo que sucede en las calles se traducirá en votos. Después de todo, la ultraderechista Marine Le Pen encabeza las encuestas para el 2027. Pero en tiempos como los actuales, allá, acá y en todas partes, quizá no quede otra que ser realistas y pedir lo imposible.
