Dormir con las zapatillas puestas: crónica de una sanjuanina en Colombia que creyó saber lo que era un terremoto
Un relato de las primeras 48 horas en Colombia tras el terremoto que sacudió el país el pasado 10 de agosto. Una crónica entre el miedo y la solidaridad.

Parte I: Las grietas
No es algo que me interese ahondar en las historias que estrujan el corazón, que abundan en Colombia y el mundo. Solo diré que es algo muy impresionante ver, en medio de este paraíso tropical, con más tipos de verde que ningún lugar del mundo, escoltado por montañas violetas y azules, y con un atardecer siempre pintado de rosado y naranja, tanta destrucción.
La gente llora, se abraza, esquiva escombros. Todos vociferan lo que se les cayó, lo que perdieron, lo que estaban haciendo. No fue una pesadilla. Extienden las manos como si se fueran a desmayar, apoyándose en muros invisibles. En las calles hay una derogación implícita de las leyes de tránsito. No hay sentidos, ni semáforos. Es todo un laberinto de gente desesperada por llegar. Pasa una enfermera en moto con la bata quirúrgica y los guantes puestos, sin casco. ¿Qué se hace, en un momento así, más que invocar santos y dioses olvidados?


Recuerdo. Son las 7.34 de la mañana y un bramido me tira de la cama. Es un piso once. Estoy calmada porque sé que va a pasar. Vengo de la tierra de los terremotos: San Juan, arrasada en el 44´ y en el 77´, y en 2021, el más reciente terremoto sacudón en medio de aquel calor tedioso del 18 de enero de 2021. Pero ese historial sanjuanino no es absolutamente nada comparado con este movimiento voraz. Ya va a pasar, ya va a pasar. Los árboles de la ventana son una ráfaga verde que va de arriba abajo, de un lado a otro. Quizás se parta en dos el edificio. El ruido de cajones, ventanas y puertas golpeándose furiosamente es insoportable. La gravedad no existe. Me acuerdo de los insistentes simulacros de sismos de la escuela: mantener la calma, esperar que pase. Eso no sirve de nada, me voy a morir. La tierra no suena, ruge.
Finalmente, un instante en el que todo se detiene. Un respiro hondo. Tocarse el corazón y constatar que uno está vivo y despierto. Después, un solo grito de sirenas, bocinas y “ay, Dios mío” tirados al aire. El calor es insoportable como el ruido. Todo es un hervidero de confusión.

Me traslado a Calarcá, un pueblo a pocos kilómetros, a una casa. No hay agua, ni luz, ni señal. La única certeza de lo que pasó es el sudor en las manos y el temblor, todavía, en la voz. Al llegar, la familia llora desconsolada. Me encuentro un tesoro del pasado: una radio, nuestra única comunicación con el exterior. Ahora sabemos: un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, cerca del Pacífico colombiano.

Chocó, un lugar históricamente olvidado por las dos grandes mayúsculas, Dios y el Estado. De Quibdó, la capital chocoana, escribió García Márquez a mediados del siglo pasado: “una ciudad que obliga a pensar en algo que no es Quibdó de ninguna forma: una aldea africana”.
El desastre del Chocó se extendió a las zonas linderas: el Eje Cafetero, donde estoy, y el Valle del Cauca. Acá todo el mundo describe, recuerda y explica, sin que nadie se lo pregunte, el terremoto del 99, que hace apenas 27 años arrasó con el departamento del Quindío. Hay dos milagros que derivan de ese hecho. Uno es técnico: la catástrofe produjo una política pública que hoy le salvó la vida a mucha gente porque se levantaron construcciones sismoresistentes. La otra es la explicación épica: las ciudades se levantaron de nuevo sin que nadie apueste un peso a que iban a hacerlo.


El del 99 mató a 921 personas, hirió a 8.536 y dejó 731 desaparecidos. Mariela, la dueña de casa, vivió los dos terremotos. En voz alta recuerda, sentada en la sala a oscuras, con el calor insoportable del mediodía, con una tranquilidad que no corresponde al horror del relato. Ella insiste en lo que pasó después del primer sacudón: cuando la gente salió a buscar a sus familiares, a ver los daños, a sacar sus cosas de las casas semidestruidas, llegó una réplica que terminó de tirar lo que quedaba en pie. Por eso todo el día nos amenaza el fantasma de un nuevo temblor.

Agosto es un mes de vientos intensos y hoy son particularmente insoportables. Las ráfagas hacen temblar las ventanas y sacuden las casas, y durante el primer segundo suenan igual que el principio de un sismo. Basta que arranque el viento para que todos demos un salto en la silla.
Las ciudades, con sus conflictos, suelen funcionar como un mecanismo de relojería. El señor que vende café en la plaza, los estudiantes que van a la universidad, los médicos en el hospital, los oficinistas llegando al centro. Una rutina sin un solo resorte gastado. Pero no hoy, ni por un tiempo. “Hay algo aquí que no empieza a la hora de siempre. Hay algo que no ocurre como debería”, dice un poema de la autora Szymborska.

Pasan helicópteros cada tanto. Los edificios más viejos parecen dos cajas puestas una encima de otra sin que coincidan las esquinas. Las torres tienen grietas en forma de cruz, redondas, curvas, paralelas. Y huecos, huecos que dejan ver el interior arrasado de una vida tranquila: los vasos lindos para cuando vienen los amigos, las fotos de aquel viaje familiar, las sillas elegidas para que combinen con la mesa, los libros leídos en silencio en la sala. Las familias cargan muebles a los camiones, mientras de fondo se ve lo que hasta hace horas eran sus casas. Una familia juega al burako con la mesa en la vereda y la pared rajada atrás. Y espera.

El departamento donde vivo fue evacuado. Los supermercados están cerrados.Las plazas vacías. La gente se apura a llegar antes del toque de queda de las ocho de la tarde. Salgo antes de que todo cierre a buscar comida. El cielo, mientras tanto, se llena de nubes rosadas y la última luz deja destellos dorados sobre los escombros. La naturaleza nos regala un atardecer hermoso.
Veo a una familia preparándose para dormir: dos mujeres y un niño pegando los colchones a la puerta abierta, con un parlante prendido al lado. La hora de dormir es difícil. Ahora, por las dudas, tenemos las linternas cerca. Por las dudas, no nos sacamos las zapatillas para dormir. Por las dudas, solo duerme la mitad del cuerpo. Esa noche sueño con otro terremoto. Me despierto varias veces a escuchar si lo que suena es el viento. Qué más se puede hacer. Dormir y esperar.
Parte II: El rescate invisible
Lo que sucede posteriormente en Colombia es algo enteramente distinto de la tragedia: una explosión de solidaridad. Quizás no haya, en este momento, otro país del mundo con tal nivel de solidaridad. Pero esa esperanza llega después.
El epicentro fue en una zona montañosa, afectando principalmente lo que acá se llama veredas, que serían los pueblos rurales de apenas una o dos calles. Aún así las cámaras están en los centros urbanos. E, incluso, en los centros urbanos la atención suele concentrarse en un solo punto. Las casas con grietas son las más suertudas. Las del norte, algunas del centro, otras bien armadas del sur.
Armenia, capital del Quindío, no fue el más afectado de los municipios. En Quimbaya, al sur, los destrozos fueron bastante arrasadores: 600 viviendas destruidas y 400 con afectaciones, según los periódicos locales. Desde allí se difundió un video que da escalofríos: en la cúpula de su tan bonita iglesia principal, la Basílica Menor, un Cristo crucificado de ocho metros pende. En medio del movimiento, la Iglesia se mueve de un lado a otro, desprendiendo escombros, y el Cristo baja los brazos. Aún así no se cae.
En Armenia hay barrios en el extremo sur, casi caídos del mapa, por los que la Alcaldía alcanzó a darse una vuelta y se fue. Es el caso del barrio Gibraltar. “Dijeron posteriormente que acá no hubo daños”, dice Eliana mirando la casa caída de enfrente. Claro: desde un auto en la calle no se ve el desparpajo de casas cuesta abajo en el monte.

Viviana es una vecina de allí. Su casa está sostenida en guaduas, al borde del abismo, en una pendiente. El terremoto la encontró en su dormitorio, salió corriendo a un pequeño patio que está en bajada, desde donde se ve la parte de abajo de la casa. “Yo veía la estructura que bailaba de acá Pa’ allá”, dice riéndose. “Solo pedía “ay dios mío, que pare”, dice. El movimiento le corrió la telaraña de latas que son su techo. La casa quedó de costado.


Impresiona que allí no llegue ni una Alcaldía, ni una Gobernación, ni un Estado Nacional. “Lo único que llegó es la ayuda humanitaria, de ustedes”. La gente que no es del barrio se organiza para levantar escombros de otros, forman una cadena y van pasando maderas, tejas, chapas, de mano en mano, metidos en un hueco. “Hace mucho tiempo no se veía esta generosidad. Estas muchachas que llegan acá a adelgazar, digo, a ayudar”, se ríe Henry, de ropa ajada, sombrero gastado, la piel curtida. En una muestra de hombría dice que no sintió “nada de miedo”, porque es predicador y sabe que “cuando a uno le toca, le toca”.

Pero sí siente lástima por sus vecinos. “Esta señora de enfrente hizo su casa, que se cayó entera, la hizo así como pudo, vendiendo arepas. Aunque el Gobierno les dice que el terreno es de alto riesgo, no tienen otro lugar a donde ir”, agrega. Cuando me despido me dice que vivió en Buenos Aires, sobre la Avenida Córdoba, trabajando en el Circo de Moscú con el que después se fue por tierra hasta São Pablo, que era el encargado de los caballos. Dice que le encanta el mate y que soy muy macanuda. Una sucesión de datos increíbles e inchequeables.
La gente construyó hogares provisorios para algunas familias. Sin embargo los vecinos con obstinación y furia no quieren abandonar sus casas, así se caigan a pedazos. No hay forma de convencerlos ni poder de Dios que los saque. Y sobre todo, no tienen otro lugar a donde ir. Un vecino (que estaba muy ocupado y por ello me pareció una intromisión preguntarle el nombre) levantó lo que sería un techo de guaduas (una planta parecida al bambú). La parte de arriba sería el futuro piso de su casa. “Estan finas. No se han mojado, resisten”, dice.


Pero a la legua se ve que la estructura baila. Un grupo de chusmas opina. Parece que saben a la perfección técnicas de construcción con pocos recursos, por no decir con ningún recurso. Le faltan diagonales, les dejó mucho aire, no están simétricas. Acá a este tipo de casas montadas sobre fe y buena suerte le dicen “invasiones”. La palabra me suena a plaga. La señora del muchacho es un solo nudo contraído, una bola pequeña que se abraza las piernas y desde un costado mira, con los ojos perdidos, lo que antes fue su casa. Se ve en el barranco una mochila floreada, un inodoro, ropa. El señor construye sobre arena… el terreno no es firme y con cada martillazo la estructura danza. Pero sigue: tac, tac, tac.

Hay casas que se desprendieron solo en parte. La mitad quedó acostada, la otra apenas se sostiene del suelo firme. Una señora, Flor, dice lo que más le pesa es que su lavadora quedo del otro lado. Parece increíble esa preocupación: la casa es una bomba de tiempo, se ve la parte de abajo sostenida con unos pocos palos de guadua. Tampoco se quieren ir. O mejor dicho tampoco pueden. “Venga , ma, siéntese afuera que está peligroso”, le dice el hijo, y la señora obedece.


Su vecino es un señor que vive con dos mujeres, una en silla de ruedas. Al vernos pasar grita, llamándonos. No sabemos de dónde viene el sonido pero finalmente lo vemos: está reforzando los palos que sostienen la casa por abajo, está casi sepultado. Da vértigo pensar que su vida pende de un capricho físico, de un martillazo mal dado. Nos pide clavos y alambre. Le da vergüenza pedir, dice. “Ya me gustaría a mi ganar la lotería y darles todo a ustedes por lo que están haciendo”. Se le quiebra la voz.
