Algo pasa en Barreal

Entre el cielo más limpio del mundo y las leyendas que se cuentan en el pueblo. Un relato a través de Calingasta, San Juan.

Es verano del 98 y cuatro hombres cruzan la Pampa del Leoncito a caballo, de noche. “Prepárense para pelear con el diablo”, dice uno. La negrura de la noche no impide ver, la arcilla blanca brilla como la luz de la luna. Y entonces aparece: un punto que titila, cambia de color, se mueve, desaparece. Los baqueanos permanecen impasibles. No hay terror, sí ansiedad. Lo conocen: es la luz mala. ¿Quién decide, en un lugar así, qué es sobrenatural y qué es normal?

El relato es del antropólogo Diego Escolar, que documentó ese cruce en su investigación sobre Calingasta.“Las luces guían al corajudo al tesoro que las envía”, relatan ahí.

El viaje a Calingasta es de dos horas y media en una ruta enredada. Son 150 kilómetros desde la ciudad acompañados de altares de santos paganos y vírgenes por toda la ruta. Tres bocinazos al Gauchito Gil, la Difunta Correa y San Expedito. El viaje es mate, rock nacional y pausas de contemplar la cortina de montañas violetas que espera al final del camino. De repente la tierra se torna rojiza, empiezan a ensombrecerse los relieves de la montaña, cae el atardecer.

A los costados hay un ejército de retamos, plantas pinchudas resecas por el frío. La zona suroeste de San Juan es el escenario perfecto para una película de vaqueros del lejano oeste, un lugar donde quien protagoniza las calles es el viento y la tierra. El viaje se interrumpe con una parada obligatoria a buscar jarilla para perfumar el humo del asado. Entrando al departamento hay pequeños cuerpos de agua que bordean la ruta. Aparece una conocida frase sanjuanina de nostalgia: “antes todo esto era agua”.

Entrar a Tamberías es entrar a otro tiempo. Una sola calle con boulevard y farolas antiguas donde el humo sale de las casas con parsimonia, como si el aire no tuviera ganas de llevárselo. El movimiento de los árboles, el rumor del viento y las esporádicas personas del lugar tiñen todo de mística. El pueblo está a 25 kilómetros de Barreal. Es parte del Camino del Inca, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que va desde Ecuador a Chile. En seis países, y siete provincias argentinas ,todavía existen restos de la cultura incaica que se extendió por América.

Antes de la dominación española, Tamberías fue un lugar de resguardo. En el pueblo se guardaban las cosechas y el chasqui (mensajero personal del Inca, que viajaba en un sistema de postas a lo largo del camino para entregar mensajes u objetos) podía reponer fuerzas. Al día de hoy es un barrio detenido en el tiempo: todavía los peatones son caballos, las bicicletas se dejan sin atar afuera, los niños juegan en la calle con gomeras. Las casas de adobe parecen atemporales, un rasguño del San Juan pasado que resiste la aridez de este frío y el quemante sol.

En la cabaña espera Gabriela, calingastina, encargada de la casa. Avisa que dejó el fuego prendido y semitas caseras de recibida. Dice que mañana hará pan. Una desconocida que abraza en el frío de campo. Cae la noche. Mañana, visitar el secreto de estas montañas. Hoy, los rituales. “En cualquier lugar al que uno llega tiene que prender un fuego”, se escucha por ahí.

De mañana el itinerario es muy claro. La Pampa del Leoncito es la primera parada obligatoria: una gigantesca depresión de arcilla blanca, plana, de 12km de largo, sin vegetación, partida por la aridez. Desde la ruta se ve como una franja blanca e insólita que separa la llanura de la montaña. También le dicen Barreal Blanco: un lugar donde se suspenden juicios y pensamientos para darle paso a un viento arrollador en los oídos. No hay vida, ni casas, ni ideas, solo una extensión inmensa para contemplar.

El viento es tan intenso que pasa a ser materia prima para el carrovelismo: un deporte que se practica sobre carros a vela, volando al ras del piso gracias al aire que los impulsa hasta a 120 kilómetros por hora. La idea fue del sanjuanino Jaime de Lara, quien lo sobrevoló en 1973. Desde allí, comenzó a ser pionero e impulsor de carrovelismo, llegando a organizar el Primer Campeonato Nacional. Incluso Marlboro llegó hasta la pampa en los años 80 para grabar una publicidad y difundir el deporte. La postal es única en Sudamérica: una extensión blanca, brillante y de fondo la precordillera nevada, inmensa. Este pedazo de luna en la tierra fue declarado Sitio Histórico de la provincia. De noche, por esta misma arcilla, habrá quien camine y vea luces que aparecen y desaparecen, luces que caminan solas.

De la Pampa al pueblo de Barreal. Una villa rural extendida en grandes fincas, vinotecas, lugares de almuerzo. Un pequeño restaurante de adobe blanco y sillas de colores tiene aura de buena comida: el Bodegón de Kummel. Unas pastas y milanesas acompañadas de un pan casero. Todo tiene el sabor de una casa con chimenea prendida y manos hábiles y amorosas. Banderas argentinas ondean en todo el lugar por el clima mundialista.

La tarde cae sobre el Río Los Patos, un cuerpo de agua que bordea Calingasta y se detiene antes de llegar a Chile — parte del cruce sanmartiniano de 1817. Están los valientes que llegan hasta acá, año a año, a recrear con guías el camino que hizo San Martín para liberar a Chile y Perú. Siete días de travesía por la cordillera a caballo. Al meter las manos en el agua la hazaña tiene otro tinte: los dedos se paralizan al instante por el frío. Las familias toman mate en las mesas. Hay un ambiente de paz, quietud, con el inmenso testigo de roca de fondo.

Entre Tamberías y Barreal está el Cerro Alcázar, al costado de la Ruta Nacional 149. Una cadena de montañas verdes, violetas y amarillas con profundas depresiones y cuevas al interior. Un imperio de roca donde los visitantes encuentran en las rocas formas de caras, cuerpos, y escenas que se tallan contra la erosión. Dicen los locales que si uno viola las soledades del cerro puede evocar la historia de Huazihul, el último líder huarpe que resistió a la conquista española escondido en este lugar.

Cuenta el escritor sanjuanino César Guerrero en su libro Lugares de San Juan, que en 1632, tras el último levantamiento huarpe, el cacique resistía en la zona. El capitán español Diego de Salinas lo persiguió hasta las montañas. Cuando entró a la quebrada, quedó tan maravillado con la formación rocosa que exclamó “¡un alcázar!”, porque le recordó las fortalezas árabes de España. Ahí se dio el combate final: Huazihul cayó herido de muerte, y con él se quebró la resistencia indígena en la región. En noches de luna llena, se distingue la silueta de un jinete a caballo, huyendo eternamente.

El Centro Cultural de Barreal es una de las novedades. Tras largos años abandonado, hace tres años fue recuperado nuevamente. Una mansión con impronta patagónica y pisos de parqué que alberga talleres, exposiciones y carreras de la UNSJ, como la Diplomatura en Técnicas Textiles, que recupera técnicas ancestrales y locales en el trabajo con telas. Hay una sala de exposiciones de artesanos locales cuya particularidad, dice la guía, es que “todos los objetos son hechos por manos”. En vasijas, telares y esculturas se ven las manos que trabajan este lugar; como se ven en la historia de Segundo Araya, curandero chileno que cruzó a pie la cordillera en los años 20 para curar con yuyos a los vecinos de El Carrizal, Calingasta; como se ven en las manos que preparan semitas, empanadas y pan casero al alba.

En un momento fugaz se va la luz. El Centro Cultural queda tenue, entra una luz algo marrón del exterior. Afuera corre un viento Zonda que aúlla como un monstruo de tierra. “Le agradecemos, igual, porque eso significa que está nevando en la Cordillera, y tendremos agua”, dice la guía.

De noche el polvo baja y da paso a las estrellas. La tierra decide si tapa o revela el cielo. El humo del parrillero asciende lento, haciendo formas de nubes. Dicen que Barreal tiene el cielo más lindo del mundo, que astrónomos de todo el mundo viajan a ver al Complejo Astronómico El Leoncito. Dicen, también, que el cielo esconde secretos y leyendas de este espacio congelado en el mundo. Acá hay luces que no son estrellas. Esta noche, no hay forma de distinguirlas.

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