Pautar las pautas
Este medio cooperativo publicó una lista de beneficiarios de la pauta provincial sanjuanina. Obviamente se armó un revuelo bárbaro. Se dijeron mil cosas. Ningún número fue desmentido. Yo creo, modestamente, que estamos obligados a hacernos algunas preguntas y a ensayar algunas respuestas.
Cuando llegué a San Juan en el siglo pasado —en el año 1991, más precisamente— conocí en el patio de mi casa del barrio Patricias a un importante periodista que en aquellos momentos era, sin lugar a dudas, una de las figuras más reconocidas. Éramos varios en una charla llena de risotadas, guitarra y anécdotas varias. En un momento de la noche, el periodista contó, a propósito de no sé qué, que para “ganar algún mango significativo” había un método que solía no fallar. Solo había que criticar a algún funcionario con cierta inquina para recibir, de parte del mismo, una llamada preguntando por qué semejante encono, para rápidamente negociar un sobre. Ese sobre haría que las críticas fueran trocadas por el silencio o por preguntas inocuas. Yo recuerdo que me quedé mudo. Sentí en ese momento, creo, algo parecido a lo que un niño siente al descubrir que no era un señor de barba el que traía los regalos las noches del 24 de diciembre.
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En momentos subsiguientes, cuando conté lo que había descubierto, coseché miradas y comentarios que me señalaban como un verdadero “pavo”. Eran tiempos en los que ni soñaba con alguna vez acercarme al oficio del periodismo. Más de treinta años después, en medio de mi actividad actual y de las discusiones en las que me veo inmerso acerca de la financiación de la actividad periodística, esa anécdota adquiere para mí un significado especial. Eran tiempos de gobernanza bloquista. Digo esto porque el contexto era otro y los actores obviamente otros también. Y no solo los actores: el contexto de la actividad periodística era otro también. Sin embargo, esto de los sobres ya estaba inventado y, por lo que sé, la práctica se mantuvo ininterrumpidamente. Por supuesto, de maneras variadas. A veces los sobres eran para medios, otras para personas. Otras veces no se trataba de sobres sino de favores: laburo para un familiar, un préstamo. Para muchos era ni más ni menos que una avivada de la cual no solo no se avergonzaban, sino que hasta se enorgullecían. Con esto no quiero decir que todos, o que la mayoría de los medios y/o periodistas, lo hacían. En verdad no sé cuál era o es la proporción. Sí sé, y me atrevo a afirmar, que no se trataba ni se trata de una práctica aislada.
Así parece ser “el negocio”, y en un mundo que legitima a la actividad así, las noticias no son más que una mercancía y como tal se las trata.
Ahora bien. Desde mi acercamiento a la actividad, al calor de la puesta en marcha de la nueva ley de medios de servicios audiovisual, y de la mano de mi historia de militante político y sindical y de la fundación en San Juan de La Lechuza —la primera radio comunitaria—, aprendí o, mejor dicho, puse en valor eso de que no hay periodismo independiente y que la información debería ser tratada como un derecho y no como la mercancía que antes señalaba. Los debates acerca de la ley pusieron arriba de la mesa cuestiones que yo hasta ese momento no ponderaba como debería haberlo hecho. Efectivamente, era bastante pavo. Yo creía que los “engominados” periodistas de la tele decían verdades casi bíblicas, y que, si no eran verdades, por lo menos eran sus verdades. Que las noticias eran historias que esas personas nos contaban para que los de este lado pudiéramos enterarnos de cuál era la realidad.
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La nueva situación a partir de la sanción de la ley en el año 2009 tuvo un gran valor al poner en claro, con debates masivos, que había infinitas perspectivas a la hora de narrar una noticia y que la objetividad era un cuento chino. Hoy tal vez estemos atravesando un momento inédito en donde, aún después de que el partido haya terminado sin goles, algún sarpado se anime a decir que su equipo se retiró victorioso cuatro a cero. Pero volvamos a los periodistas.
Hace pocos días, en este medio cooperativo al que tanto respeto, se publicó una lista de beneficiarios de la pauta provincial sanjuanina. En efecto, una serie de números, expedientes y nombres que muestran una parte de los montos que el estado provincial destina a la pauta publicitaria para diferentes medios. Obviamente se armó un revuelo bárbaro. Se dijeron mil cosas. Ningún número fue desmentido. Yo creo, modestamente, que estamos obligados a hacernos algunas preguntas y a ensayar algunas respuestas.
Uno. ¿Está mal que el estado ponga pauta en los medios? Yo creo que no, que está bien. El estado debe difundir sus acciones y los medios deben difundirlas. Actividades culturales, campañas de prevención sanitaria, promociones turísticas, acciones vinculadas a la educación, actos y presentaciones oficiales deben ser dados a conocer, y los medios son una manera de hacerlo.
Dos. ¿Los medios que reciben pauta deben ser condescendientes con el gobierno que se las da? Yo creo que no. Que cada medio debe seguir la línea editorial que crea más justa de acuerdo a sus convicciones, y que la pauta no debería condicionarlos.
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Tres. ¿Está mal que haya más guita para los medios que se arrodillan al poder de turno, o, dicho de otra manera, está mal que el gobierno de turno busque a los medios afines a su ideología a la hora de destinar los dineros públicos? Sí, está mal.

Cuatro. ¿Esta situación planteada a partir de la filtración de datos, gracias a la investigación de La Mecha, es algo nuevo? Claro que no. Me animo a decir que se mantiene en el tiempo desde hace mucho, y que además no se trata ni de biromes ni de dulce de leche. No es un invento argentino.
Cinco. ¿Pero entonces, como viene de vieja data, está mal que nos indignemos? No.
No creo que sea tarde nunca para indignarse. Sobre todo, si los que gobiernan asumieron cabalgando en un caballo blanco al grito de «basta de sobres y corrupción».
Seis. ¿Esto se soluciona sacándole la pauta a todos y que el mercado y la actividad privada decidan qué medios sobreviven y cuáles se van al tacho? No. Y aquí, más que en los anteriores puntos, se trata de una posición absolutamente ideológica, pero en particular creo que es la cuestión medular. ¿Si el estado retirara por completo su apoyo financiero a los medios, quién quedaría para sostenerlos? Los privados, claro está. ¿Y quiénes son los privados que tienen dinero para sostener a las empresas periodísticas? Obviamente las grandes empresas, las multinacionales, el sistema financiero.
Siete. ¿Alguien piensa honestamente que los apoyos de estos sectores son a cambio de nada? Claro que no. ¿Y suena bastante lógico, ¿no? Nadie podría imaginar con honestidad intelectual a una gran empresa poniendo guita en un medio que critica los bajos sueldos que paga o los impuestos que evade. Por eso es importante que el estado ayude a nivelar —y como no me gustan las mayúsculas, reitero e insisto: que ayude a nivelar—, porque, de todas maneras, aun con el estado interviniendo, en estos tiempos las empresas no solo ponen dinero a chorros en los medios, sino que en muchos casos directamente se los compran.
Ocho. ¿Entonces lo que está haciendo el gobierno está bien? No. Reparte la guita de manera capciosa. Busca disciplinar editoriales enteras y, en algunos casos, quebrar a periodistas desesperados y vulnerables. ¿Pero si otros lo hacían o lo hicieron, eso está menos mal? No, está mal igual, y más si asumieron diciendo que lo iban a cambiar.
Nueve. ¿Todos los funcionarios y todas las empresas periodísticas hacen lo mismo, y entonces hay que resignarse? Primero, no creo que todo sea igual, que todas las empresas periodísticas sean iguales y que todos los gobiernos hayan hecho exactamente lo mismo. Seguro existen y existieron mil matices y mil situaciones diferentes. Y después de todo, el hecho de que los números —un tanto obscenos— hayan figurado en listados oficiales habla, incluso, y permítanme la ironía, de cierta prolijidad, lo que no quita el escándalo que significan. Y otra cosita, por la información que manejo el listado no era material al que se podía acceder fácilmente. ¿O me equivoco?
Diez. ¿Estoy proponiendo que les den a todos los medios la misma guita? No. El haberme admitido como pavo en estas líneas dos veces no amerita una tercera. Se puede discutir mil criterios para repartir la pauta, y todos son opinables. Incluso, soy de los que piensa que también deberían reglamentarse las pautas privadas; y les aseguro, eso tampoco sería un invento argentino.
Para terminar —y me quedo en el diez porque soy de los adoradores del sistema decimal—: nuestra democracia será más democrática si la pluralidad de voces es cada vez más real. Dejen de inclinar la cancha. Repartan mejor y anímense a defender ideas sin una chequera en la mano.
Miguel Ambas, músico y comunicador popular de Radio Comunitaria La Lechuza. Miembro de la Mesa Nacional de FARCO.
