8M: bienvenidas al feminismo que sostiene en épocas de crisis
¿Quién sostiene lo que se rompe?
En un país que votó contra las mujeres en la ONU y eliminó su Ministerio de las Mujeres, el feminismo llega al 8M cargando la crisis que el Estado abandonó.
¿Quién cuida, acompaña, alimenta? es la pregunta con la que abrió la asamblea general de Ni Unx Menos en el jardín del Teatro del Bicentenario el pasado 28 de febrero. De cara al 8 de marzo, no fue una pregunta retórica sino un llamado a tejer cuidados en medio del agotamiento, de cuerpos cansados. Una forma de parar a preguntarnos: ¿quiénes sostienen la crisis?
Alimentar, sostener, criar: las tareas que hacen posible la vida. Cuando el Estado se retira y los derechos se recortan, son las mujeres las que apuestan a sostenerse en los cuidados colectivos. La organización se ve en los comedores comunitarios, en los liderazgos femeninos de los gremios en defensa de la universidad pública, en las jefas de hogares que cargan con el cuidado de jubilados y jubiladas.
En épocas de incels y libertarios, son mujeres las que revuelven las ollas, pisan la calle, imprimen comunicados, cambian pañales, se endeudan para alimentar y contienen el estrés. En medio del enojo, a veces da la sensación de que esta crisis la están sosteniendo, sobre todo, las mujeres.

Recapitulemos.
En noviembre de 2024, Argentina fue el único país del mundo en votar en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU destinada a prevenir y eliminar todas las formas de violencia contra mujeres y niñas.
En enero de 2025, el presidente Javier Milei arremetió en Davos contra el feminismo, al que llamó parte del «wokismo enfermizo» que, según él, distorsiona la sociedad.
El exministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona anunció públicamente que eliminarán la figura del femicidio del Código Penal bajo el argumento de la igualdad ante la ley.
La desaparición del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad fue desmantelado ni bien asumió la Libertad Avanza. Y con él, muchos de sus programas de protección.
El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) de la ONU ya le exigió al Estado argentino medidas urgentes ante el retroceso en derechos, retrocesos como el cierre de instituciones clave, la reducción del presupuesto en violencia de género, salud sexual y reproductiva, ESI y acceso al aborto legal y seguro.
¿Volvimos atrás de golpe? ¿O fueron esos años pintados de verde solo un punto de fuga; una excepción? Llegamos acá por un movimiento vertiginoso. Llegamos acá preguntándonos si fue demasiado feminismo, si nos pasamos tres pueblos, si fuimos responsables del triunfo de la ultraderecha. Llegamos acá por empezar a delegar las luchas ante el avasallamiento de tantos derechos que las movilizaciones comenzaron a ser transversales. ¿Cómo es posible tener que dejar de pelear por la brecha salarial para pelear por el agua? ¿Por no trabajar en un 12×8 sin indemnización?

Aún cuando las consignas y las luchas parecen atomizarse, son en gran medida las feministas las que siguen de cerca cada una de ellas: la defensa de los glaciares, de los jubilados, de los derechos laborales, de mujeres, disidencias y niñeces. Los feminismos ensancharon su agenda para contener demandas masivas, la ensancharon tanto que parece que no está muy claro qué nos moviliza específicamente a las mujeres hoy.
Del auge del movimiento Ni Una Menos en 2015, pasando por la Ola Verde de 2018 que nos hizo pioneras en América Latina en la conquista por el aborto legal, llegamos al paso del feminismo al Estado. El Consejo Nacional de las Mujeres -que en 2017 pasó a ser Instituto y en 2019, Ministerio— nos dio pie para pensar que algo estaba cambiando de forma permanente.
Pero el desgranamiento postpandemia, las sucesivas derrotas políticas del progresismo a nivel regional, y la comodidad con la que muchas estuvimos alineadas a un Gobierno como el de Alberto Fernández, un líder acusado por su ex esposa por violencia de género, nos dejaron con preguntas incómodas sin responder.

Hoy el movimiento oscila entre el agotamiento y la autocrítica. Somos demasiado woke para unos, demasiado burguesas y clasemedieras para otras, demasiado zurdas roñosas para algunos. El feminismo es acusado de adoctrinar, de discriminar, de corromper. De ser capital político, ahora el feminismo pasó a ser piantavotos. Pero aún cuando nada parece estar claro, los feminismos se mueven.
Toda la región retrocedió en políticas sociales ante el avance de la ultraderecha. En nuestro país, parece que nos llevamos al peor. Y sin embargo, acá estamos. Alguien por favor que nos preste un mapa.

Porque todavía quedan en el aire las conversaciones que parecen volverse utópicas: repartir las tareas de cuidado, aflojar con las imposiciones de belleza sobre nuestros cuerpos, repensar la brecha salarial, aborrecer las listas de partidos políticos llenas de varones, poner en agenda los derechos para la población trans, repudiar los discursos de odio contra la población LGBTiQ+, enojarse contra la violencia sexual y reproductiva, que se terminen de una vez las cifras dolorosas: en lo que va de 2026 hubo un femicidio cada 34 horas.

Este 8 de marzo nos encuentra en medio del pluriempleo, las tareas de cuidado, el endeudamiento, la necesidad de resistir la crisis. Fragmentadas, a veces. Cansadas, casi siempre. Pero convencidas de que el trabajo colectivo sigue siendo el único territorio que el algoritmo y la individualidad no pueden del todo colonizar. El feminismo: una bulla incómoda, micelar, que sigue en movimiento.
