Nunca más: un breve acercamiento a la experiencia de las mujeres en la dictadura

En un nuevo Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, un recorrido sobre el rol de las mujeres en la militancia durante la última Dictadura en Argentina.

Viernes 24 de marzo de 2023 – 13.16hs

A fines de 2022, la Justicia elevó a juicio a seis represores implicados en el operativo militar conocido como “Masacre de la calle Corro”, donde murió, junto a otros miembros de montoneros, Victoria Walsh. “Vicki” se convirtió en un símbolo y en objeto de diversas polémicas debido a que, al momento de ser acorralados, se encontraba junto a su pequeña hija de poco más de un año, quien sobrevivió a la balacera. Los debates suscitados acerca de su rol como militante y como madre nos siguen interpelando hoy a reflexionar sobre la agencia política de las mujeres. 

Un operativo de casi 200 soldados, helicópteros y tanquetas blindadas, rodearon la casa número 105 de la calle Corro, ese 29 de septiembre de 1976. Allí, en plena Ciudad de Buenos Aires, se habían dado cita los integrantes del secretariado político de Montoneros. Victoria Walsh, dirigente montonera, periodista como su padre Rodolfo Walsh, era responsable de prensa sindical y miembro de la dirección, y participaba por lo tanto de la reunión. Se encontraba en la casa junto a su pequeña hija de un año, quien dormía ajena a la situación de horror que atravesaba el país desde ese marzo. Esa noche, Victoria no había conseguido quién la cuidara.

Vicky Walsh y su padre, Rodolfo.

Mientras la niña dormía, las fuerzas armadas comenzaron el operativo. «Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir», fue la frase que lanzaron Vicki y otro compañero antes de suicidarse, evitando así ser capturados con vida y, si nos guiamos por las estadísticas, probablemente se evitaron un destino mucho peor. La niña, que sobrevivió a la balacera, fue secuestrada y poco después recuperada por su familia paterna.

La historia de Victoria Walsh, inmortalizada por la pluma de su padre en las famosas «Carta a Vicki» y «Carta a mis amigos», es sólo una de las tantas donde la articulación maternidad/militancia pasó a primer plano en la historia política de nuestro país, como puede dar cuenta una amplia y profusa producción testimonial que nos permite indagar acerca de las motivaciones, contradicciones y desafíos que atravesaban como organizaciones y como personas quienes, con errores y aciertos, intentaron tomar el cielo por asalto. 

Los debates acerca de la emancipación de la mujer, su ejercicio en el mundo laboral y su derecho a la distribución equitativa de los trabajos domésticos, se encontraban ya en discusión durante la década de 1960 en nuestro país. En este marco, una gran cantidad de mujeres se lanzó a la militancia política asumiéndose como sujetos políticos y construyendo sus vínculos familiares a la par de estos proyectos. Precisamente, las listas de personas desaparecidas en el marco de la última Dictadura cívico-militar en Argentina (1976- 1983) dan cuenta de la importante cantidad de mujeres que participaron activamente en organizaciones partidarias, guerrilleras y/o vinculadas con la izquierda o el peronismo. 

Según el informe de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas, el 33% del total de desaparecidxs entre 1976 y 1983 son mujeres, viéndose un gran protagonismo no sólo como agentes de la lucha revolucionaria, sino también como víctimas de un tipo particular de represión y tortura. Hubo que atravesar algunas décadas y varios debates para que se reconociera esa particularidad. De hecho, se encontraban bastante avanzados ya los juicios a represores cuando recién se comenzaron a tener en cuenta como delitos de lesa humanidad las violaciones, abusos y otras formas de violencia específica hacia los cuerpos de mujeres y feminizados. Estos delitos anteriormente habían sido silenciados por vergüenza o por negación del público a escuchar, y cuando eran denunciados se minimizaban como delitos de índole privada. Sin embargo, resulta fundamental entenderlos como una forma direccionada y sistemática de disciplinamiento sobre cuerpos que ejercían una doble rebeldía: al orden patriarcal y al orden burgués capitalista.

Las mujeres, históricamente relegadas al trabajo doméstico, a las tareas de cuidado, al ámbito de lo privado y a la escasa o nula participación política, se volcaban masivamente a la lucha y, aunque muchas decidían no tener hijos en ese contexto complejo, la mayoría formaron familias con sus parejas, que se constituían en células revolucionarias.

En este contexto tan complejo, donde el nivel de compromiso exigido por las organizaciones era tan elevado, existía una interrelación muy estrecha entre las familias militantes y sus respectivas organizaciones. Por un lado, se buscaba un nivel de coherencia entre la ideología y todos los aspectos de la vida, poniendo la vida entera a disposición de la tarea. De ese modo, en general, las relaciones se generaban en y a partir de ese nexo común que era la militancia.

A su vez, las relaciones se encontraban mediadas no sólo por las condiciones de la militancia, la clandestinidad o las tareas; sino que existía una incidencia directa de la organización en ellas. Las organizaciones podían aconsejar, sancionar o alentar determinadas decisiones familiares y conyugales. 

No es difícil reconstruir hoy la mirada que primaba acerca de estas nuevas familias, no sólo en los agentes de la dictadura y en los sectores más conservadores, sino en la mayor parte de la sociedad: se juzgaba de forma general a estas mujeres como «malas madres», ya que transgredían el rol esperado. Muchos boletines oficiales apelaban, de hecho, a la importancia de las mujeres como madres de familia en su rol de “enseñar a caminar” a los hijos hacia los valores del cristianismo, la patria y la nación.

Por otro lado, dentro del espectro militante, se suma que, incluso con debates bastante avanzados sobre una moral revolucionaria más igualitaria, se seguía circunscribiendo la tarea de crianza casi exclusivamente a las mujeres. Así, son incontables los testimonios sobre la militancia y represión que muestran como una situación común el hecho de que las militantes asistían a las reuniones con sus hijos, o embarazadas. A su vez, también seguían manteniendo (a menos que la clandestinidad se los impidiera), la escolarización de sus hijxs e intentando conservar una parte de la «vida cotidiana».

En este marco, la maternidad fue usada por la dictadura como un elemento clave para intentar desestabilizar a las militantes. El robo de bebés nacidos en centros clandestinos, el secuestro de niñxs y adolescentes, la tortura a embarazadas y posterior asesinato una vez que parían, y la latente amenza de ser desaparecidas y dejar huérfanas a esas infancias, eran poderosas armas, de las que la dictadura hizo uso para intentar extorsionar, desgastar y vencer. 

Sin embargo, y adscribiendo al llamado “modelo vietnamita”, donde la totalidad del pueblo, familias enteras participaban activamente de la lucha, la mayoría continuó sus tareas militantes, entendiendo que existía una coherencia entre ambos mundos. La violencia no amedrentó a las militantes y la maternidad, lejos de volverse una debilidad, fue en muchos casos mencionada como un elemento de dónde asirse en los momentos de más crudeza y temor.

En los testimonios muchas de ellas mencionan cómo recordar a sus hijxs o pensar en su futuro, les dio fuerza para continuar su lucha o para no rendirse en los secuestros y las torturas a las que fueron sometidas, ya que entendían que un mundo más justo, igualitario y libre era el mejor regalo que podían hacerle a sus hijxs. 

A 47 años de ese marzo de 1976, aún restan cerca de 300 nietos por encontrar; la mayoría de los cuerpos de desaparecidxs por recuperar; 600 de los 1400 cuerpos recuperados siguen sin ser identificados; aproximadamente 2500 represores investigados sin juzgar y los cómplices civiles, empresariales y eclesiásticos siguen impunes. Seguir reflexionando y ampliando nuestra mirada sobre las implicancias de la dictadura para encontrar respuestas y justicia es un imperativo ineludible.

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