El fútbol será de todes o no será

Se terminó el Mundial femenino para la Argentina. La derrota todavía no le hace justicia a esta historia, en un país donde el fútbol se convirtió en espacio de resistencia. En esta nota hablamos de deporte, feminismo, de brechas salariales y otras cuantas más.

Suecia se convirtió en verdugo del sueño mundialista para la Selección femenina de la Argentina que se fue del torneo sin ninguna victoria. Es, además, el último Mundial para varias mujeres que marcaron la cancha: Estefanía Banini en Argentina, Marta Vieira Da Silva en Brasil, Megan Rapinoe en Estados Unidos. Sus nombres marcan a fuego la historia de este deporte. 

Hay algo muy humano en eso de dar por sentado que todo lo que vemos estuvo siempre ahí. Y entonces hoy cualquiera puede sentarse a mirar el Mundial de Fútbol femenino y entregarse a la montaña rusa de emocionarse y sufrir y sentir estos colores (que, si se fijan, son los mismos cuando los lleva puestos una mujer). Pero nada cae del cielo y ciertamente este no fue el caso.

El primer Mundial de fútbol femenino organizado por la FIFA se jugó en 1991, más de sesenta años después que el masculino. La Argentina clasificó por primera vez en 2003 y nunca ganó un partido. Claro que el fútbol femenino en el país se profesionalizó hace sólo cuatro años. Fue recién en el 2019 cuando, porque ellas lo empujaron, las futbolistas empezaron a ser reconocidas como trabajadoras (aunque todavía no ganen lo mismo que los hombres).

Las mujeres que vimos despedirse de este Mundial con nuestros colores crecieron pateando la pelota más con sus familias que en entrenamientos profesionales, que el fútbol era un juego de varones. Cuando trascendieron los estereotipos tuvieron que conformarse con las sobras: usar las camisetas viejas de los hombres o entrenar en una cancha de cinco cuando jugaban en la de once. 

Pero estamos escribiendo una nueva historia. Una en la que las mujeres y disidencias no se ven obligadas a reducir su sueño a un hobby o a asumir que la única salida está en Ezeiza. Una en la que las niñas encuentran ídolas que las inspiran. 

Quedan las mil y una cruzadas, pero el suelo está firme y el batallón se agranda. Abran paso, que la marea llegó a las canchas.

El fútbol es un trabajo

Jugar al fútbol en Argentina siendo mujer significó por mucho tiempo un hobby.  

Chile, Copa América Femenina 2018, el equipo argentino posa para una icónica foto que recrea al Topo Gigio. Piden ser escuchadas un año después de hacer paro por deudas en el pago de viáticos, el reclamo de poder entrenar en las canchas de césped natural del predio de la AFA, vestuarios como la gente y quedarse en un hotel (las han hecho dormir en colectivos de larga distancia sin importar el impacto que eso tiene en el cuerpo para una jugadora que sale a la cancha horas después).

Todo lo que rodeó a esa Copa América ya venía picante. La presentación de la camiseta oficial de la Selección se hizo con una modelo, algo así como si a la camiseta de Messi la presentara Iván de Pineda. Laurina Oliveros, arquera del plantel, no se quedó callada.

Y después vino el sismo y el nombre de Macarena Sánchez. La jugadora denunció en 2019 a su club UAI Urquiza para que se regularizara y reconociera legalmente su relación laboral después de que fuese desvinculada en medio del torneo. Es que acá y en todo el mundo se usó mucho eso de encubrir bajo eufemismos lo que, en efecto, era un vínculo laboral profesional. Sí, les pasó a los hombres también, pero hace casi un siglo. Hasta Macarena Sánchez la mayoría de las futbolistas jugaba a cambio de viáticos y sin un contrato, muchas veces desempeñando otras tareas administrativas en el club. Algunos incluso le cobraban la cuota a mujeres que jugaban en la primera división del fútbol femenino. La denuncia de Macarena involucró a la AFA por su inacción y fue el puntapié para que las mujeres en Argentina se reunieran y discutieran punto por punto ese sueño largamente postergado: que el fútbol femenino se profesionalizara. Aunque el sueldo siguió siendo muy bajo, que la AFA por fin blanqueara esta realidad y las reconociera como trabajadoras significó sacar a cientos de mujeres de la informalidad, que pudiesen tener aportes, un gremio, obra social. De pasar a garantizar un mínimo de ocho contratos profesionales por club jugando en primera división del fútbol femenino, hoy el piso se elevó a quince contratos.

Falta, muchísimo. Al punto de que se dice que actualmente el fútbol femenino en Argentina es en realidad semi-profesional. Ni siquiera los clubes de renombre tienen hoy un plantel cien por ciento profesional. Según un relevamiento de Chequeado, de las 577 jugadoras inscriptas en la primera división femenina, sólo 345 tienen un contrato profesional. Esto significa que más del 40% de jugadoras aún son amateurs y necesitan de otro trabajo para subsistir. Ahora hablemos de plata. De nuevo según la investigación de Chequeado, el sueldo de las que sí gozan de ese derecho no sólo no alcanza el salario mínimo vital y móvil, sino que la brecha salarial entre ellas y los jugadores del fútbol masculino es de 40,5% (sí, leíste bien).

La Argentina no es una excepción porque el sexismo no es una casualidad. Según BBC Mundo, la australiana Sam Kerr que patea para el Chelsea del fútbol inglés es hoy la futbolista mejor paga del mundo. Aun así, los 513 mil dólares que recibe anualmente representarían sólo la cuarta parte de lo que gana por semana el hombre mejor pago del fútbol, Kylian Mbappé.

Si hablamos de trabajo no podemos no pararnos un segundo a discutir la maternidad. Según Chequeado y el medio El Femenino, de las 577 jugadoras de la primera división del fútbol argentino, 19 son madres. Los números parecen respaldar eso de que no se puede conciliar la maternidad con el deporte de élite, cuando sólo el 3.3% del total pudo compatibilizar su profesión con su decisión de ser madre. Esa falta de igualdad de oportunidades es quizá una de las grandes deudas del fútbol femenino. Sobre todo cuando el fútbol podría en cambio ser una oportunidad. Mónica Santino, directora técnica de fútbol femenino en el club La Nuestra de la Villa 31 en Buenos Aires así lo demuestra: “Para nosotras el fútbol es mucho más que lo que pasa en una cancha. El fútbol significa por ejemplo poder repartir tareas de cuidado con los varones, poder tener derecho a jugar, derecho al tiempo libre y derecho al ocio como los compañeros varones”.

Narrar el fútbol: los medios y la violencia simbólica

Evitá hacer preguntas durante el juego, especialmente si tu pareja invitó a cinco amigos que están tratando de ponerle atención al partido” o “No grités gol antes de estar completamente segura de que la pelota entró al arco y de que el arco es del equipo contrario al equipo de las personas que te rodean”. No son un invento ni una exageración: son citas textuales de las revistas con las que crecimos (y los chistes de mal gusto que escuchamos más de una vez las que mirábamos fútbol rodeadas de hombres). Yo, que caí a la escuela con mis trenzas azules y amarillas cuando Boca salió campeón del mundo, que le pedía a mi mamá que me despertara a las 4 de la mañana para ver los partidos de la Selección en Corea-Japón, que lloré días enteros cada vez que Alemania dejó afuera a Argentina en un Mundial, miraba publicidades donde los hinchas que se abrazaban eran siempre hombres. Había mujeres, sí, en la publicidad en la que una pateaba una pelota que terminaba en el lavarropas. También en las portadas de los diarios, con mujeres posando semi-desnudas para mostrar las “mejores curvas” de algún club, que no todos los cuerpos son igual de consumibles. 

De periodistas deportivas mejor ni hablemos, que si con mucha suerte había una mujer sentada a la mesa, la rubia despampanante –criterio de selección- emitía un comentario que nadie tomaba en serio. 

A las jugadoras, por supuesto, les tocaba y toca la peor parte. Que todavía hay gurúes que no creen que ellas puedan hacerlo. Que el fútbol femenino es “aburrido”, que mejor achicar las canchas, que no vende. Según un informe de 2018 de la UNESCO, “el 40% de los participantes en los deportes son mujeres, pero los deportes femeninos sólo reciben alrededor del 4% de la cobertura de los medios de comunicación deportivos».

No podíamos ser jugadoras, ni periodistas, ni siquiera hinchas. Fuimos abriendo puertas, encontrando a otras, entendiendo que había en el deporte también mucho de eso por lo que luchábamos en las calles. Con tanto por hacer, cuesta dimensionar lo mucho que las cosas cambiaron en tan poco tiempo. 

Este Mundial vino con publicidad (que ya son palabras mayores para otras épocas) pero además otra forma de hacer publicidad, una que pone en el centro a las jugadoras y muestra que no hace falta ser mujer para mirar fútbol femenino.

Hace muy poco los medios se aprendieron sus nombres, aunque por ahí se las siga llamando por sus nombres de pila o se las infantilice con adjetivos; aunque algunas sean antes “la novia de”, que jugadoras de la Selección. Cómo será de dificultoso crear narrativas pertinentes que a Banini la seguían llamando la “Messi” del fútbol femenino, a pesar de que más de una vez aclaró que ella ya tiene una identidad que es suya.

Estefanía Banini

La TV Públicaotro día hablamos de por qué muchas veces son los medios públicos los que encabezan estos cambios– pero también otras compañías privadas empezaron a transmitir más partidos del fútbol femenino y a incorporar mujeres relatoras y comentaristas. Falta protagonismo, falta dejar de responder a un canon estético para poder triunfar en ese ámbito.

El periodismo puede tener un papel central en la construcción de nuevos significados, la discusión de estereotipos y la generación de las condiciones simbólicas para que el mundo sea un mejor lugar para todes.

El derecho a ocupar las canchas 

En junio de 2019, la Selección femenina se enfrentaba a Escocia en el Mundial de Francia. En medio de un partido para el infarto donde Argentina empezó una remontada histórica cuando iba perdiendo, tuve que salir de mi casa cuando el marcador estaba 3-2, Escocia arriba. Caminé por una calle perpendicular a Ignacio de la Roza refunfuñando por tener que colgar el partido cuando estaba terminando. En eso un grito de GOL rajó el aire en dos. El ruido venía de una barbería. “Vaaaaaaamoooo Argentina maldita” me grita uno de los chicos que se asomó a la calle cuando le pregunté si estábamos 3 a 3, casi esperando que se me quedara viendo asombrado porque estaba mirando otro partido. Ya no son sólo las jugadoras, somos nosotras y ellos de a poco van llegando.

La FIFA estima que alrededor de 2.000 millones de personas están siguiendo el Mundial en Australia-Nueva Zelanda, el doble del Mundial pasado. Mientras tanto, Romy Gai, director comercial de la FIFA, aseguró: “Ya en Francia en 2019 se vio que el fútbol femenino ofrecía una gran oportunidad”. El fútbol femenino sí vende y los que prefieren aferrarse a los estereotipos simplemente se quedarán afuera. 

En una nación que construye su propia identidad en torno al fútbol, las mujeres y las disidencias fueron sistemáticamente excluidas. Eso que pasa en la cancha no es más que una reproducción de todo lo que se vivía afuera. Y entonces por supuesto que el fútbol se convirtió en un espacio de resistencia. Las jugadoras y las hinchas empezaron a convivir y a apropiarse de estos espacios a los que históricamente nos dijeron que no pertenecíamos. En esa experiencia colectiva de politizar lo personal, hubo un inevitable entrecruzamiento con el feminismo. Para algunas se convirtió de hecho en la puerta de entrada a esa otra cosa que sucedía en las calles. A Macarena le dio la fuerza para entender que no estaba sola. A las hinchas les hizo entender que había otra forma de vivir el fútbol, que no había por qué asumir la violencia de otros tiempos ni fingir demencia ante las denuncias de violencia de género contra los hombres de nuestros clubes. Fueron ellas las que de hecho reclamaron a los clubes espacios institucionales para abordar esas problemáticas.

En toda esa vorágine por supuesto que faltan cosas. Más mujeres en puestos de toma de decisión, por ejemplo. De los veinte equipos de primera división, solamente Banfield, Boca Juniors, River Plate y Gimnasia y Esgrima de La Plata tienen entrenadoras mujeres. En esta edición del Mundial hay doce selecciones a cargo de mujeres, de un total de 32.

//Leé también: LA PELOTA NO SE MANCHA, ¿O SÍ?

Ellas, sus jugadoras, las argentinas que ahora vuelven a casa: todas le están abriendo la puerta a otras. Esas que sufrieron años de olvido institucional, falta de inversión y distintos tipos de violencia a lo largo de su carrera. Así se ha movido siempre esta rueda. Y por eso el fútbol femenino se milita llenando las canchas, reclamando mujeres en puestos directivos, más inclusión y políticas federales, exigiendo a los medios que nos hablen de lo que está pasando y que se calle el decorado de dinosaurios (*promoción válida también para todo eso que pasa dentro de la AFA).

“Que Argentina sea una potencia”, esbozó Estefanía Banini cuando le preguntaron cuál era su sueño. No hay dudas de que al próximo Mundial se llegará en mejor estado y así en adelante, que la tendencia es irreversible y acá no se da ni un paso atrás.

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