Athropos, enlazando libros

¿Cómo es ser librero en estos tiempos? Basilio Politis, que arrancó a comprar y vender libros usados en Buenos Aires allá por la década del 90, nos recibió en “la cueva de Athropos” para contarnos un poco de qué va su oficio: libros raros, descatalogados, primeras ediciones en idioma original y hasta libros de autorxs locales se entreveran en un catálogo inquieto.

Basilio Politis arribó a la provincia en 2017, trayendo consigo una camionada de libros que empezó a vender  en la Feria de las Pulgas, la Feria del Libro de Rawson y cualquier eventual feria en donde pudiera montar un par de tablones. A fines de 2019, algo cansado del vaivén de las ferias, decidió abrir la cueva, un espacio en donde no solo cohabita con los libros que compra, vende y circula, sino también con rarezas tales como primeras ediciones de El viejo y el mar de Hemingway o el libro en italiano que Leopoldo Lugones dedicó a su amante y envió con una carta de despedida a la misma antes de quitarse la vida, verdaderas gemas que le fue dejando el trajín de casi 30 años como librero.

“La lógica del libro usado la absorbí de chico en una librería de Villa Ballester que solía frecuentar”, arranca el Griego. “Es una lógica que acá cuesta replicar, en Buenos Aires está más instalada”, explica: “Allá vos sabés que si vas a una casa de libros usados el libro va a ser más barato”. Y detalla: “Si vos vas a cambiar un usado y lo querés canjear es 2×1 a favor del librero, en canje uno a uno al 50% del valor de tu libro y venta directa al 25%”.

“El trabajo del librero se diferencia de las librerías en que cada librero tiene un criterio de búsqueda, va, fisgonea, sabe qué es lo que está buscando, dónde buscar. Eso es lo más lindo, ese aspecto casi detectivesco de ir a la caza de los libros”, cuenta Basilio. Y recuerda de sus primeros años como librero, allá por los noventa: “Yo repartía volantes por todos lados. Me llamaban para ir a ver bibliotecas familiares que, ya sea por la muerte del dueño o por otro motivo, se ponían en venta. Y ahí encontrás de todo” ríe, pero destaca: “Así encontré, por ejemplo, una primera edición de Voltaire de 1738”. Y agrega: “Depende mucho del ojo del librero, vos ves por encima los libros y ya te hacés una idea de qué podés encontrar y qué valor puede llegar a tener esa biblioteca. Ojo, siempre tratando de ser honesto: si por ahí en la biblioteca hay libros que ves que valen mucho uno trata de charlar para llegar a un precio justo, tené en cuenta que muchas de las personas que venden esas bibliotecas lo hacen para deshacerse de los libros y por ahí no saben el valor de lo que tienen”. En cuanto a la venta, “muy de vez en cuando hacía ferias o plazas, en Ballester no había mucho, en general era todo muy de boca en boca: gente amiga que sabía que vendía libros y al que preguntaba lo mandaban a lo del Griego, que siempre algo tiene. De ahí fue fluctuando, hubo épocas de ventas muy fuertes, épocas muy malas también: del 97 al 2001 sobre todo, fue durísimo”. Así arrancó, mechando su labor librera con eventuales trabajos como canillita o dependiente en un kiosco: “De más grande me gustaría ponerme un puesto de diarios, fue uno de los laburos que más disfruté hacer paralelamente a la venta de libros”, rememora. 

“Después, en 2006 o 2007, nos ponemos en conjunto con un amigo una librería física en un local muy lindo, en una esquina céntrica de Buenos Aires. Estuvimos año o año y medio ahí, fue hermoso, hasta que una suba brusca del alquiler nos obligó a cerrar”, se lamenta. “Ahora hay una peluquería ahí”, bromea. Hoy por hoy es empleado en el Incucai, trabajo con el cual logró concretar el traslado a la provincia allá por el 2017: “Me pareció un buen destino, y al día de hoy no me arrepiento de haber elegido San Juan”.“Yo acá compro pero poco, en general traigo más de Buenos Aires porque tengo una red de amigos armada allá, ellos me van pasando data o me envían bolsones de libros que van apareciendo”, dice, poniendo el foco en la diferencia que supo hallar en el público sanjuanino: “Acá noté rápido el cambio en la clientela: allá yo trabajaba mucho libros de antropología, historia, geografía, libros que se vendían rápido y bien, y que acá los vendo más por Mercado Libre; en San Juan el público está mucho más orientado hacia la literatura”. Pero no todos son libros usados en la cueva: además de algunas ediciones más actuales, hay lugar para exponer libros de autorxs locales, a los que no les cobra comisión.

En cuanto a los libros más antiguos con que cuenta, comenta: “Ahora también estoy pensando en volver a ALADA (Asociación de Libreros Anticuarios de Argentina), círculo de coleccionistas del libro antiguo que tiene feria en Buenos Aires una vez por año”. Y detalla: “Hoy por hoy libro antiguo se considera de 1850 para atrás, quizá algunos años más si es que es un título muy específico o raro, alguna edición distinta. Yo tengo muchos de esos libros”.

Los ojos de Borges

“Un año antes de llegar a San Juan, pensando en estudiar el idioma, compré un América de Kafka en alemán de 1937, tapa dura y en muy buen estado”, cuenta el Griego. “Cuando lo abro en casa,  me doy cuenta de que al final tenía anotaciones en alemán de Jorge Luis Borges, con su firma y todo”, se entusiasma al recordar, y enfatiza: “O sea, no era un libro cualquiera de Borges, era un libro con el que él había estudiado a Kafka”. Hizo algunas averiguaciones con coleccionistas, para rumbearse sobre el valor que podía llegar a tener aquel libro, y armó la publicación en Mercado Libre: “Ofertaron un poco menos de lo que yo pedía pero accedí y, cuando empezamos el trámite para concretar la venta, me di cuenta de que la compradora era una abogada que trabajaba en la Biblioteca Nacional: el propio director de la Biblioteca había visto la publicación desde Estados Unidos, así que la alertó para comprarlo”. Por entonces, año 2016, la Biblioteca Nacional trabajaba fuertemente en la recuperación de libros y manuscritos que hubiesen pertenecido a Jorge Luis: “Casi no hizo falta que chequearan la autenticidad del libro, estaban tan inmiscuidos en Borges que un simple vistazo a la letra les bastó para corroborar que el libro había sido de él”, recuerda Basilio, y concluye: “Salió una nota en Clarín y todo, aunque no me llamaron cuando la hicieron”.

Sobre la actualidad, más allá de recibir a su clientela en la cueva de lunes a viernes por las tardes, Basilio cuenta que tiene ganas de organizar actividades culturales desde su espacio: “Mesas de debate, charlas o talleres, quizá acá en la librería, tal vez en otro lugar, no sé bien aún el cómo pero estaría bueno”. Y se entusiasma: “Mi idea es reivindicar un poco el oficio del librero antiguo, ese que aprendí en Ballester: el librero no sólo como un mero intermediario entre el lector y el libro, sino también como parte activa en el proceso de acercamiento y circulación de las lecturas”. Quizá como Athropos, la tercera de las Moiras, el Griego apueste a ser quien corte el hilo que dictamine el destino de cada libro.

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