San Juan desde el cielo: el desafío de domesticar la montaña y el renacer del parapente
La provincia tiene condiciones geográficas privilegiadas para el vuelo libre, pero la falta de infraestructura frena el crecimiento del deporte. Diego Garcés, impulsor de «Parapente San Juan», busca profesionalizar la actividad y devolverle la escuela a los cielos sanjuaninos.

A 2.700 metros, el ruido del mundo desaparece. El tiempo se vuelve espeso. Ahí arriba, Diego Garcés planea sobre las tierras coloradas de la Quebrada de Maradona, y no está solo. Los cóndores, que al principio se espantan con la sombra de su vela, terminan por acompañarlo. A veces, hasta le marcan el camino hacia una “térmica salvadora”, es decir una columna de aire ascendente que permite al parapente tomar altura.
Es un presente absoluto. No hay lugar para pensar en otra cosa que no sea el vuelo: la paciencia de girar en una columna invisible de aire caliente para no caer en el «piano» —un aterrizaje prematuro, de apenas tres minutos—, y después el alivio de salvar un vuelo que parecía perdido, de estirar la libertad una hora más.


Cargar 20 kilos de equipo montaña arriba tiene su costo. Pero también está la recompensa: volar rodeado de aves, mirar el mundo, aunque sea por un rato, con la misma perspectiva que los dueños del cielo.Así es el parapente en San Juan. Una disciplina de paciencia y conexión con lo elemental, en una provincia que, paradójicamente, todavía no termina de abrirle las puertas a quienes sueñan con volar.

San Juan es un valle rodeado de montañas. Para los parapentistas esta geografía guarda una relación ambivalente. Diego Garcés, antropólogo y piloto local que junto a su socio Nicolás González lidera el proyecto Parapente San Juan, sostiene que la provincia arrastra una deuda: la nula «domesticación» de sus cerros, a diferencia de lo que ocurre en sus vecinas.
Domesticar la montaña significa crear accesos vehiculares e infraestructura que permitan el desarrollo turístico y deportivo. San Luis, Córdoba, Mendoza y La Rioja tienen caminos asfaltados o rutas que llevan a los puntos de despegue en minutos. En San Juan, todos los despegues son a pie.
«Es realmente lamentable que San Juan no tenga ni un acceso vehicular a ninguna de sus montañas», afirma Garcés. Sitios como Sierras Azules exigen caminatas de dos horas cargando entre 15 y 20 kilos de equipo. Sin ese acceso, dice, hay una exclusión silenciosa: si existieran caminos, podrían volar personas mayores, con sobrepeso o incluso en silla de ruedas, como ya sucede en el cerro Loma Bola, en Tucumán.

El parapente nació en los años 80, cuando montañistas europeos empezaron a saltar con paracaídas militares modificados. Un planeador plegable, liviano, que en San Juan se sostiene en el aire gracias a dos fenómenos.
Uno es el vuelo dinámico: surfear la ola de viento que choca contra la montaña, como en la cresta del Cerro Tres Marías. El otro es el vuelo térmico, que aprovecha columnas de aire caliente ascendiendo desde el suelo —los pilotos las llaman «diablillos»— y que puede llevar a un parapente hasta los 2.700 metros sobre el nivel del mar.
Con esos dos aliados invisibles se han logrado vuelos que parecen imposibles: de Pocito a Los Berros, 45 kilómetros en línea recta, o de calle 11 al Dique de Ullum, travesías de más de dos horas suspendidas en el aire.
El deporte atraviesa un momento de crisis. Cuando Luis Tomas, el último instructor local, se retiró, la formación de nuevos pilotos quedó estancada. Casi cinco años sin escuela. Garcés y González tramitan ahora la licencia profesional de la Federación Argentina de Vuelo Libre, el paso necesario para reabrir formalmente la enseñanza y evitar que la actividad se apague con su generación. Mientras tanto, ofrecen vuelos bautismo o tandem: cualquiera puede subir acompañado por un piloto experimentado, en una experiencia de 15 a 20 minutos.

Más allá de la técnica, Garcés habla del parapentismo casi como una terapia contra el multitasking moderno. «Es un verdadero presente en el que no podés atender a otra cosa más que la situación de vuelo… eso sí se parece a la libertad en este mundo», dice. Encontrar una térmica, subir junto a los cóndores en Anchipurac, salvar un vuelo que parecía terminado: para él es una sensación «inenarrable», que no le envidia nada a las grandes épicas del deporte.
Los pilotos sanjuaninos sueñan con integrar la provincia al circuito nacional de competencias. Antes, saben, hay que abrirle el cielo a la gente —y ganarle, aunque sea un poco, a la montaña.
