La Noche de San Juan y las cosas que dejamos en el fuego
Como cada 24 de junio, la provincia celebró la noche del santo patrono que le da su nombre. En un ritual popular, la fogata recupera tradiciones de nuestras tierras.

En el centro del descampado se alza un montículo de fardo de cinco metros de alto que ahora es sólo eso: fardo, pero en minutos será una hoguera. A su alrededor, los papelitos se sostienen entre ramas secas a la espera del fuego. Detrás de las vallas, los fieles y no tan fieles se congregan abrigados y se apuran por entregar su papel que va de mano en mano hasta llegar al montículo. Depositan su fe y esperanza en ese fuego que se enciende con la llegada del invierno: que se lleve los males, la enfermedad, la envidia, la deuda, el pesar; que traiga el trabajo, la salud, la prosperidad.
A lo lejos, sobre un escenario modesto, una estatua también modesta de San Juan Bautista. Su mano izquierda sostiene las Escrituras y, sobre ellas, yace un corderito. El agua, por el bautismo, y el fuego, por la transmutación, son elementos asociados al santo patrono de una provincia curtida por el calor del desierto. Cada 24 de junio, en algún lugar del mundo, una fogata recuerda su nacimiento.


En otros tiempos, para la Noche de San Juan, cada barrio encendía su propia fogata y competían por elegir la mejor. Ahora, una gran hoguera concentra el ritual popular en la Capital provincial, uno de los pocos lugares que conserva esta tradición al igual que otros departamentos como San Martín. La Municipalidad de la Ciudad de San Juan, en conjunto con la Iglesia Catedral, son las encargadas de organizar la celebración.
En un descampado del Barrio Manantiales, en una de las noches más largas del año, el fuego evoca la historia de nuestras tierras. Tierras que arrastran tradiciones originarias, paganas, gauchas, católicas, donde el sol y el fuego son los protagonistas. Lo sabe el cura Andrés Riveros, párroco de la Catedral, que baja del escenario con su poncho marrón y entre oración y oración recuerda: “Traemos a nuestros abuelos, a nuestros ancestros y también a nuestros huarpes que sabían que teníamos que prender un fuego en esta noche tan larga para ahuyentar a los malos espíritus”. Es que, a pesar de ser un ritual ligado al catolicismo, la fecha coincide con el solsticio de invierno, momento en que los pueblos originarios andinos celebran el Inti Raymi como el inicio de un nuevo ciclo de la naturaleza.



La noche del santo patrono también se vuelve una excusa para el encuentro. Así lo enuncia la intendenta de Capital, Susana Laciar, que guarda un estrecho vínculo con la Iglesia católica. “El fuego comoun momento de encuentro, sin ideologías, sin ninguna distinción. Sólo con la familia de San Juan unida a través de la fe. Porque no hay ciudad, no hay provincia ni forma de construir una comunidad sin verse a los ojos”. Es ella, junto con funcionarios de la Capital, quienes acercan las primeras antorchas al montículo que se enciende de inmediato después del último padre nuestro.
Mientras arden fardos, troncos, ramas y palitos, en la gran circunferencia los creyentes rezan, algunos contemplan, otros filman. La gente abre sus manos, dos perros negros se escabullen entre las piernas, el dron que sobrevuela la fogata se aleja a medida que el humo sube por el cielo. Delante, el hombre mece una bebe en sus brazos.
El fuego ahuyenta el frio, la oscuridad, el murmullo. Se lleva consigo los papeles que le fueron concedidos.
Cuando el calor y la luz queman lo suficiente, los cuerpos empiezan a retirarse. Al irnos, sólo quedaran los hombres y mujeres de camperones fluorescente y gorras ploteadas recogiendo los restos del ritual.
A un costado del predio, bajo carpas celestes, las mujeres sirven el mate cocido en vasitos blancos de telgopor y entregan una sopaipilla fría por persona. Riveros invita a una última contemplación frente a la fogata que se consume. Sólo un tronco, estoico, permanece en el centro de la hoguera. Observo el fuego a través de mis lentes. Le pido su fuerza, como pidieron tantos antes, y pedirán tantos después.
Fotoreportaje







Fotografías por Leandro Porcel






Fotografías por Gonzalo Paez
