El viento, el frío, el cielo: de San Juan al extremo sur del mundo

Hace tres meses, La Mecha viajó a Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Esta crónica revive los sentires, distancias y texturas de aquella aventura junto a la Red de Medios Digitales.

“Si fuera por mí, me compraría un fierro por Mercado Libre y armaría un grupo de Whatsapp”, dice Darío Rubén, el conductor de Uber que me levanta en el aeropuerto de Ushuaia. La frase la pronunció tras quejarse de “la politización” de la vigilia por el 44º Aniversario de la Gesta de Malvinas, cuyo epicentro será en Río Grande, Tierra del Fuego. El enojo de Darío Rubén está dirigido específicamente hacia Axel Kicillof y Victoria Villarruel.

Nuestro viaje hasta la ciudad más austral del mundo empezó 32 horas y 3500 kilómetros atrás. Partimos de la terminal de ómnibus de San Juan hasta Buenos Aires: un trayecto de 18 horas. Desde ahí, tras deambular un buen rato por la capital, un vuelo de casi 4 horas hasta Ushuaia. No hay manera de acceder a Tierra del Fuego por medios terrestres, a menos que sea por Chile. Y, desde el aire, sólo desde Buenos Aires.

El centro del país —porque Argentina se extiende Antártida adentro, vale recordar— está desconectado.

Ushuaia

La primera noche la paso con cuatro periodistas del medio platense Desde La Raíz, en un apartamento cómodo a mitad de camino entre el aeropuerto y el centro de Ushuaia. Ellos llegaron el día anterior. Al llegar, me encuentro un híbrido entre redacción e isla de edición improvisada. Esta misma escena, pero progresivamente más incómoda, se volvería a repetir en los otros dos hospedajes que nos reciben a los 20 periodistas de la Red de Medios Digitales.

El trabajo pesado empieza al día siguiente. Largos rodajes en un clima hostil (aunque no tanto como el que nos recibiría en Río Grande). El viento se mete por debajo de las capas de abrigo y, a la larga, sostener la cámara se vuelve todo un esfuerzo.

La isla atraviesa un periodo difícil. El último relevamiento del INDEC ubicó a Ushuaia y Río Grande entre los puntos más críticos de la desocupación en la Patagonia. Además, el 18.2% de los ocupados demandan más horas de trabajo para subsistir. 

El 21 de enero, el Gobierno nacional intervino el puerto de Ushuaia alegando irregularidades financieras, desvío de fondos y falta de mantenimiento. La medida tensionó la relación con la provincia, que quedó sin potestad sobre una pieza elemental de sus ingresos económicos. Y contribuyó en gran medida al problema del desempleo. “Los trabajadores llegaron a las siete de la mañana y se encontraron con el puerto tomado por Prefectura”, cuenta un alto mando del embarcadero.

“Se desayunaron con que ya no tenían trabajo. Entre cien y ciento cincuenta personas quedaron en la calle”.

Ushuaia creció desordenada sobre un terreno difícil. Las calles son muy empinadas, lo que otorga a las veredas cierta hostilidad. Pablo Candamil, fotógrafo de Al Margen (Bariloche), me cuenta que la ciudad se expandió muchísimo desde que la visitó por primera vez, 17 años atrás. Con él nos metemos a chusmear el cementerio. Los nichos y las tumbas están encastrados de maneras erráticas, como si la muerte y la ciudad hubieran agobiado el espacio de entierro. Un conejo salta entre los mármoles.


“Just like South Africa”, dice una turista indignada en un bar de Ushuaia cuando se corta la luz. El apagón duró apenas diez segundos. La noche nos encuentra en el quincho del sindicato de judiciales, donde un grupo militante peronista nos espera con unos choripanes espectaculares. Hay gente de Aurora, organización santafesina; El Aluvión, un híbrido entre medio de comunicación y agrupación política; gente del streaming Cabaret Voltaire. Volveríamos a cruzarnos días después, en Ushuaia, en una situación similar. A la vuelta, un conductor de Uber, con una cadencia oral que levantaría sospechas en cualquier control de narcóticos, nos conduce a toda velocidad hasta la Villa Deportiva Eva Perón, donde estamos parando.

El corazón y los radares

El 30 de marzo, partimos en dos combis desde la Universidad Nacional de Tierra del Fuego a Río Grande. Es un viaje de dos horas por una ruta sinuosa que recorre la ladera de los cerros. De un lado, el bosque inmenso; del otro, el monumental Lago Fagnano.

Hacemos una parada en Tolhuin, que en la lengua de los selk’nam, primeros pobladores de aquellas tierras, significa “parecido al corazón”. Allí opera un radar propiedad de la firma británica LeoLabs. La empresa se presenta como proveedora de “inteligencia orbital persistente” y tiene un acuerdo con el Reino Unido, según declaraciones del CEO Tony Frazier.

El viento

Río Grande es la localidad más cercana a las Islas Malvinas. Las separan 590 kilómetros de mar. Durante la guerra, la Base Aeronaval Río Grande funcionó como plataforma de operaciones de los aviones bombarderos Super Étendard de la Armada Argentina. La ciudad era tan importante que el Reino Unido estuvo a punto de bombardearla con un Hércules. La Operación Mikado fue cancelada por el Special Air Service británico por considerarla demasiado riesgosa. El eterno viento de Río Grande es un escudo.

Entre nuestro hospedaje y el Centro Joven, donde cenamos y desayunamos los primeros días, no hay más de 10 cuadras. Pero la ferocidad del viento riograndense empeora el frío. Es implacable. Caminar es difícil. Vivir aquí es un sacrificio.

Débora Galichini es subsecretaria de Participación Ciudadana de la Municipalidad de Río Grande. Nos recibe como si nos conociera de toda la vida. Nos garantiza un techo, comida, agradece tanto como puede nuestra presencia en su municipio. Su orgullo es el Centro Joven, un espacio comunitario orientado a las juventudes riograndenses. Cuenta con comedor, aulas, gimnasio y una sala de ensayos completamente equipada. «Mi sueño es que haya uno como este en cada ciudad del país», dice Débora.

La vigilia

Llega, por fin, el día de la vigilia, la razón por la que viajamos al centro del país. El día es frío y, como era de esperar, muy ventoso. Dos horas antes, la escena parece militar. Los veinte periodistas nos calzamos todo el abrigo pesado que llevamos (ese que reservamos para pasar esta noche a la intemperie) y, cuando estamos listos, partimos en fila hasta el Monumento a los Héroes de Malvinas. Es una caminata de veinte minutos, tal vez menos si se hace por la costanera. Nos equipamos con petacas para que el frío no sea tan bravo.

Alrededor de cien metros antes de llegar a la Carpa de la Dignidad, el Sindicato de Petróleo y Gas Privado prepara locro para 2500 personas. La cocina está a cargo de Lorenzo, Agustín y Pablo, que nos invitan a pasar y nos dan de probar de las ollas. Fuera de la Carpa de la Dignidad, donde está por iniciar una misa, un hombre corta leña con un hacha para avivar el fuego dentro de un barril. La escena es un homenaje a la primera vigilia, hecha el 1 de abril de 1995, cuando un grupo de veteranos se reunió en torno a un fuego a leña de lenga a observar el mar.

Un soldado joven observa el inmenso mar en posición rígida. 590 kilómetros al este, las Islas Malvinas esperan entre la niebla.

Terminada la misa hay un tiempo muerto, así que recorro. En el sector de streaming, Yair Cybel y Belén del Huerto (Grito del Sur, CABA) transmiten en vivo para Radio Madres de Plaza de Mayo. Unos metros más allá, la mesa de Cabaret Voltaire.

Lo que sigue es una demostración del Ejército. La exhibición consiste en posiciones militares y disparos de salva, todo coordinado por un teniente que vocifera órdenes. A su alrededor, la gente se asombra con el estruendo de los tiros de FAL. Un rato más tarde, empieza la simulación de la Operación Rosario.

La gente está expectante. De pronto, suena la grabación de aquella voz que, el 2 de abril de 1982, anunció a la tripulación del A.R.A. Santísima Trinidad que desembarcarían en las Islas Malvinas con la misión de recuperarla. Un grupo de comandos aparece en la playa, con las caras pintadas de negro y los fusiles FAL en alto. De a poco, atraviesan la plaza y llegan hasta la calle. Los acompañan los drones de los medios de comunicación y las miradas de las 2500 personas que estamos amontonadas alrededor.

Del otro lado de la calle, detrás de un alambrado, una casita blanca se alza en lo alto de una colina de unos diez metros de alto. Representa la Casa del Gobernador, el primer objetivo militar argentino en el conflicto, en simultáneo al cuartel de los Royal Marines. Los comandos cruzan la valla, se colocan cuerpo a tierra y disparan con balas de salva contra la construcción. Se encienden bengalas rojas que simulan un incendio. Los soldados, hacia el final, suben la colina y toman de rehén a un grupo que actúa de ingleses.

Foto: Julio Pereira.

//Leé también: ¿Quién nos habla aquí de olvido, de renuncia, de perdón? La vigilia por Malvinas desde Tierra del Fuego

Por último, el acto de cierre, el minuto de silencio, el Himno Nacional y la Marcha de las Malvinas. La gente está emocionada. Más tarde, una perfo de malambo al ritmo de Post crucifixión. Pasadas las dos de la mañana, la vigilia termina entre ensordecedores gritos de “viva la Patria”.

El lago y el aguanieve

El 3 de abril al mediodía regresamos a Ushuaia en una combi. Nos vamos justo a tiempo, porque debajo de nuestro hospedaje está por empezar una misa evangelista y están realizando una especie de exorcismo. Paramos, de nuevo, en el mirador del Lago Fagnano. Rodrigo Savoretti y Eugenia Reyna, periodistas del medio cordobés Enfant Terrible, se funden en un abrazo de emoción. El aguanieve nos envuelve a todos.

Almorzamos a las cinco de la tarde en Ushuaia. Paseamos. Nos sentimos más turistas que periodistas. El mar, los buques militares y los catamaranes, los pañuelos de las Abuelas, los soldados que preparan chocolate, el cielo rojo del atardecer. Ushuaia tiene el cielo más claro que he visto en mi vida.

Podés revivir la cobertura integral de la Red de Medios Digitales en este enlace.

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