Cuidar la vida en territorio Huarpe
En el desierto sanjuanino, donde el agua llega sucia en camiones del municipio y el Estado dice que no vive nadie, Matilde Reta lleva cuarenta años haciendo lo mismo que hicieron sus padres: levantarse al alba, caminar seiscientos metros hasta el corral y sostener la vida con sus manos.

*El siguiente trabajo fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales de Argentina (CELS)
En un pequeño rancho del fin del mundo, vive una mujer. Bajita, de mirada esquiva, tímida, que responde de forma pausada mientras mira hacia la nada del horizonte. Matilde Reta toma mates en su casa, emplazada en un lugar sin árboles, con un aire seco que corta la respiración y una luz blanca que parte los ojos. Vive en una planicie desértica interrumpida por cinco casas de vecinos de la Comunidad Huarpe Salvador Talquenca, a un costado de la Ruta 20, a 140 km de la capital provincial. En medio del desierto, el agua está envenenada con arsénico, que ni las cabras quieren tomarla. En un territorio hostil, su propuesta es insólita: cuidar y sostener la vida, la de su familia y la de los animales, en una pelea terca y obstinada con la naturaleza.
Es de pocas palabras. Sus manos cuentan la historia más que lo que dice: uñas con restos de tierra, las marcas de la leche de los cabritos seca, la piel reseca por el viento. En sus ojos hay algo de resignación. Empieza a contarme su día.

Al alba, Matilde irrumpe el silencio y marca los seiscientos metros que separan su casa del corral. Piensa cuántos cabritos nacieron, cuál está enfermo, cuál tiene dificultades para mamar. Con las manos metidas en el olor a estiércol agarra, uno por uno, a los animales. Los acomoda junto a las ubres, los pega al cuerpo de la madre, los sostiene hasta que empiezan a alimentarse. A los cabritos los toma como quien atiende a un niño con fiebre: los envuelve, les arrima la boca al pezón, les empuja el pulso dentro. Los habitantes de la comunidad dependen de los animales para asegurar su continuidad, en lo que ellos mismos llaman «economía de subsistencia».

Sobre el mediodía empieza la segunda jornada, lo que ella llama «cosas de la casa». Cocinar, limpiar, bañarse. Todo con 8000 litros de agua mensuales que llegan en un camión del municipio, traídos en un tanque «más sucio que el agua misma». 8000 parece un número grande, pero en un servicio básico como el agua es insignificante. No les alcanza. Mensualmente deben trasladarse 30 km al poblado más cercano a comprar bidones.
«Uno se puede bañar con agua con salitre, pero los niños no. Entonces no alcanza cuando hay que limpiarlos todos los días para ir a la escuela», dice mientras se despierta por primera vez la rabia en esa mujer impasible.

Ocho horas con los animales todos los días, lunes o domingo, invierno o verano, para mantenerlos con vida y así obtener el dinero justo y necesario para permanecer en ese lugar. No hay épica en eso. Hay trabajo, tierras, animales, alimento, agua, nietos, hijos, esposo. Y una fe ciega en la naturaleza, que a veces responde y a veces no. «Si tocan años con poca lluvia, los animales se mueren de hambre», cuenta.
La subsistencia se vuelve entonces una danza de a dos: un pacto sin garantías con la naturaleza. Cuidar la tierra para que la tierra permita sostener la vida. En la rutina de Matilde no hay épica ni heroísmo, pese a lo extremo de sostenerse en medio de un desierto hostil, donde en verano el sol parte la piel y en invierno el frío congela los huesos.

En los periodos de sequía sobreviven a veranos de 45 grados sin agua. «Gracias a Dios, este año viene bien», dice mirando al cielo, agradeciendo en silencio, pidiendo internamente.
Hay historias que no necesitan grandes palabras.
—Embarazada salí a la ruta a tomar camión. No me llevó nadie y pegué la vuelta, rompí bolsa en medio de la pampa.
—¿Con alguna asistencia?
—Sí, la de una comadre.
Cuando la ambulancia los visitaba únicamente de manera mensual, eran las mujeres de la comunidad las que «hacían malabares» para asistir a los enfermos propios y ajenos. Y lo hacían con estoicismo, como si la vida se tuviera que ajustar a lo que hay.
La primera sonrisa del día es irónica y le brota cuando le pregunto si recibe ayuda estatal. «Ellos dicen que acá no vive nadie», cuenta. Cuidar es, también, sostener la vida en medio de la pobreza, del abandono estatal y la crisis climática.

Matilde creció viendo a sus padres hacer lo mismo que hace ella ahora: cuidar animales, negociar con la naturaleza, quedarse. Cuando era niña vivía con su familia en un rancho a orillas del Río San Juan, en el mismo lugar que ahora, pero del otro lado de la ruta. «Hubo una madrugada en la que el río nos sacó», dice. La crecida llegó sin aviso, golpeando las paredes de adobe como una visita maleducada.
Despertó con el ruido del río metiéndose en sus sábanas. Los colchones flotaban. Los adultos corrían de un lado a otro levantando ropa, rescatando recuerdos, arrancando algún papel importante que se deshacía en las manos. Afuera, la noche se volvió una sola corriente. El agua los empujó a un éxodo de tres días hacia el otro lado de la Ruta 20.

«Cuando vivíamos al lado del río, hacíamos pozos de un metro o dos y teníamos agua rica», cuenta. Pese a que el río les quitó todo, lo recuerda con añoranza. En el lado que los recibió, el agua dulce duerme tan honda bajo tierra que solo el dinero y las maquinarias pueden despertarla. A Matilde le toca abastecerse con los litros que trae el municipio en esos camiones tan sucios que uno «bebe el enrumbre».
En mayo de 2025, un fallo judicial pretendió desalojar a la comunidad de sus tierras ancestrales. «Mi abuelo me enseñó que la tierra es de quien la vive», dice Matilde. La resistencia tuvo inmensos rituales pequeños. Matilde caminó kilómetros pidiendo a los que no saben leer que «no firmen nada» a los hombres desconocidos que llegan con papeles. Organizó asambleas, viajó al municipio, perdió días de trabajo con los animales, redactó comunicados para llegar a los medios de comunicación capitalinos.

El desierto no cambia su ritmo por nada. Las puestas de sol siguen teniendo la misma geometría y las noches la misma cantidad de estrellas. Matilde duerme bajo el cielo como lo hacían sus abuelos. «El verano acá es insoportable. Pero sacás la cama afuera, dormís con las estrellas. Eso es hermoso», cuenta con una sonrisa.
En esa costumbre hay una forma de resistencia silenciosa: no renunciar a una manera de estar en el mundo, aunque la naturaleza se empeñe en poner trampas. «Mis padres también vivían de los animales, y murieron acá mismo», dice.
Esta crónica no tiene moralejas. En la historia de Matilde no hay ningún cierre épico; hay continuidad. Apoya la cabeza sobre la almohada y piensa en lo que tiene que hacer mañana. No se imagina otro final que el de la insistencia cotidiana.
