En pleno debate por la reforma laboral, los riders de PedidosYa en San Juan cuentan cómo es trabajar con el algoritmo como jefe
Mientras el Congreso discute un nuevo régimen para el trabajo en plataformas, repartidores del Gran San Juan cuentan cómo es trabajar sin sueldo fijo, con ranking, riesgos, y un algoritmo que organiza la jornada.
«Lo ideal sería estudiar algo mejor y no hacerme tan cagar el cuerpo»; «Tengo compañeros con 5 o 6 hijos que trabajan hasta 15 horas por día»; «A nosotros nos obligan a salir a la calle»; «No soy empleado, soy socio de PedidosYa«. Hoy se debate la Ley de Modernización Laboral en el Congreso de la Nación. En su artículo 116, propone un régimen específico para aplicaciones de reparto y movilidad. En San Juan, la discusión no se da en abstracto: 3000 repartidores trabajan bajo ese esquema en medio de un gris legal de precarización.
Podría pensarse que la reforma vuelve ley la precarización: ordena y reconoce el trabajo en plataformas, pero formaliza un modelo de empleo sin garantías donde se excluye completamente la relación laboral entre plataformas y repartidores. Mientras la reforma avanza con la idea de modernización, repartidores del Gran San Juan relatan cómo es, en la práctica, trabajar para plataformas de reparto: sin jefe visible, pero con control permanente; con flexibilidad horaria, pero jornadas extensas; con ingresos rápidos, pero sin derechos laborales.
Los testimonios e información surgen de la tesis “El trabajo de Plataformas de Reparto en el Gran San Juan 2023-25: características y valoraciones”, elaborada por Florencia Ester Ferreyra y Mariano Javier Padín Otazú, basada en entrevistas a riders activos de la provincia.
“Vos elegís cuándo conectarte, pero el sistema te empuja”
“No tengo horario fijo, pero si quiero ganar bien, tengo que estar”, resume uno de los repartidores. Esa frase condensa una de las principales promesas del modelo que busca institucionalizar la reforma: la libertad de conexión. La ley plantea que el prestador puede conectarse y desconectarse cuando lo desee, aceptar o rechazar pedidos sin sanciones y trabajar el tiempo que considere conveniente.
En la experiencia cotidiana, esa libertad aparece condicionada por el ranking. La plataforma organiza a los repartidores en ocho grupos jerárquicos que se actualizan semanalmente según el desempeño. Estar arriba implica elegir primero los turnos y acceder a mejores incentivos. Caer de grupo significa menos pedidos y menos ingresos.

La actual reforma reconoce el derecho a conocer los criterios de agrupamiento o ranking, aunque ese acceso queda limitado por el secreto comercial, lo que mantiene la lógica de “caja negra” en la gestión algorítmica. Es decir, se admite el control, pero sin plena transparencia ni posibilidad real de impugnar decisiones automatizadas.
“Si no aceptás pedidos o no cumplís horarios clave, bajás. Y si bajás, después cuesta volver a subir”, explica otro trabajador. Nadie obliga formalmente a conectarse, pero el algoritmo empuja a hacerlo en los momentos de mayor demanda: noches, fines de semana y días de viento Zonda o lluvia.
Los repartos durante fines de semana, feriados y en condiciones climáticas adversas son premiados por plataforma premia mejor posición en el ranking. La lógica algorítmica imponiéndose sobre los cuerpos.
La necesidad de estar siempre disponible y el temor a perder posición —y, con ella, ingresos— se agrava en un contexto donde la oferta de mano de obra superó la demanda. “Cuando empecé en Pedidos Ya, en plena pandemia, en un mes me compraba una moto 0 km. Había mucha demanda y pocos repartidores”, recuerda Ezequiel, de 26 años, soltero, sin hijos. Ezequiel vive con sus padres y abandono sus estudios por empezar a trabajar.
“Tengo compañeros que trabajan porque tienen muchos gastos y familia, por eso trabajan hasta 15 horas, porque no hay límite”, señala.
“El otro día tuve que estar 12 horas para hacer lo que hoy hice en menos. Hace unos meses lo mismo lo hacías en ocho o diez horas”, expresa Rodrigo, de 34 años, vive solo luego de separarse de la madre de sus hijos.
Aun así, muchos valoran la remuneración. Fernando, de apenas 22 años, continúa estudiando y sostiene que “comparado con otros laburos, como empleado de comercio, siempre es mejor la paga”. Nadia tiene 24 y, como Fernando, continúa estudiando. Sus padres le pagan la Universidad Católica de Cuyo pero ella trabaja como rider los fines de semana para cubrir sus gastos. «Me fue mejor económicamente con Pedidos Ya que como docente auxiliar de apoyo (DAI)», señala.
Nadia es una de las pocas riders: ella misma dice que las mujeres no son tan constantes y «son más propensas a dejar”. Otro trabajador plantea que es porque «es un trabajo peligroso, ven que sos mujer y dicen ‘estas regalada’.
Jornadas largas, cuerpos cansados
Las entrevistas relevan semanas de 50 a 60 horas de trabajo, con picos de 14 o 15 horas diarias. “Con la bici trabajas todo un día y al otro día no te podes ni levantar. Estás muy cansado, el verano también te destruye prácticamente. Yo arranqué laburando en bicicleta y en un momento ya me lastimé las rodillas y no pude seguir en bici, así que obligado me compré una moto”, cuenta Daniel, de 23 años, también soltero y sin hijos. El dato se repite como una norma: los repartidores son en su mayoría hombres jóvenes de entre 18 y 29 años, solteros, sin hijos, con el secundario completo.

El desgaste físico aparece de manera reiterada: dolores de rodilla, espalda y muñecas. “Lo ideal sería estudiar algo mejor para tener un poco más de estabilidad económica, y en el sentido de no hacerme tan cagar el cuerpo, porque está bien el trabajo, pero hace pelota a las rodillas. La moto me hace cagar la espalda y hay veces hasta las muñecas me duelen”, cuenta Ezequiel.
“Me he sentido sobrecargado por ahí en los temas de los vientos y las lluvias. Porque a nosotros nos obligan a salir a la calle, ¿viste?”, señala Eduardo (de nuevo: 29 años, soltero, sin hijos).
“Cuando hay Zonda o calor excesivo, la aplicación te da un incentivo. Te dice: ‘por cada pedido que hacés, aparte de pagarte lo que corresponde, te damos 500 pesos más’. Muchos salen en ese clima porque aprovechan y hacen la diferencia”, dice Pablo, rider de 33 años, soltero, sin hijos.
Una falsa autonomía
Los entrevistados mencionan como uno de los grandes beneficios de trabajar en Pedidos Ya la flexibilidad de horarios, es decir, la posibilidad de elegir días y turnos. Rodrigo cuenta que eso le permite conciliar la vida familiar y laboral: “Ponele hoy, trabajo solo en la noche y/o en la tarde porque tengo mi hijo, ¿me entendés?, y a la siesta entreno”.
En el mismo sentido, Daniel comenta que, a pesar de no ser estudiante, “si tenés que estudiar te viene buenísimo, porque te armás tus horarios, tus días, te tomás vacaciones si querés, cuando querés”.

Si bien los repartidores destacan la posibilidad de manejar sus propios horarios, la realidad es que el algoritmo posiciona al trabajador en una escala jerárquica que define sus posibilidades de ingreso. La aplicación evalúa el desempeño comparándolo con el del total de repartidores de la ciudad.
Para eso toma como referencia las horas reales trabajadas, el reparto en horas especiales —viernes, sábados y domingos—, la tasa de rechazo de pedidos, la cantidad de órdenes completadas y el ingreso generado en los horarios confirmados.
Sin jefes, pero con control permanente
Otro aspecto destacado es la ausencia de jefes. No hay alguien que grite órdenes ni controle cara a cara. Juan Cruz, de 62 años, valora “la independencia que uno tiene de no tener jefes. Nadie te manda”. Incluso, otro trabajador se define como “socio de Pedidos Ya, ya no soy empleado, soy socio”.
Sin embargo, el control es invisible y digitalizado. El algoritmo registra tiempos, recorridos, cancelaciones, calificaciones de usuarios y nivel de actividad. Una mala semana puede derivar en penalizaciones o incluso en la suspensión de la cuenta.
En este sentido, la reforma laboral reconoce el derecho a recibir explicaciones ante bloqueos, pero no altera el poder unilateral de la plataforma para decidir quién trabaja y quién no.
“Un día te despertas y no podes entrar más. Mandas mensajes y te contestan días después. Pero ya no podes trabajar”, cuenta un repartidor. No hay indemnización ni instancia laboral donde reclamar, ni siquiera una oficina física a la que acudir. Todo es mediante un soporte virtual.
Formalmente autónomos, estructuralmente vulnerables
El contrato entre la aplicación y el repartidor es por prestación de servicios. La retribución no es un sueldo, sino un pago por entrega realizada, lo que implica la inexistencia de aportes patronales y beneficios sociales como aguinaldo, vacaciones pagas o licencias por enfermedad.
Al firmar el contrato, el repartidor debe pagar una tarifa inicial que cubre el costo del kit de trabajo —mochila y campera—. Para febrero de 2025, la tarifa total era de 40 mil pesos, con la posibilidad de descontarla en cinco cuotas semanales de ocho mil.
El contrato también establece que el repartidor utilizará sus propios recursos para prestar el servicio y prohíbe presentarse como empleado de la empresa. Entre las obligaciones figura hacerse responsable por los accidentes frente a terceros, sin involucrar a la plataforma. No hay vínculo de dependencia directa, ni jornada fija, ni salario en sentido legal. Aunque la empresa monitorea permanentemente la fiabilidad y el desempeño.

“Si se te pincha la moto, es problema tuyo. Si no podés prestar el servicio, es problema tuyo”, dice Ezequiel. La reforma laboral reconoce el derecho a un seguro de accidentes personales. Sin embargo especifica que «los gastos asociados al mismo serán objeto de libre acuerdo
entre las partes involucradas, sin establecer una responsabilidad exclusiva para ninguna de ellas, ni un indicio de relación laboral o dependencia entre las plataformas y repartidores».
Daniel lo resume así: “En este trabajo nunca mejorás nada. Ganás según lo que trabajás y nada más”. La permanencia de muchos repartidores, entonces, se explica por la precariedad estructural del mercado laboral sanjuanino: el promedio de antigüedad es de 2,9 años, más del doble del promedio nacional.
Ante la escasez de empleo formal, el reparto aparece como una alternativa laboral de acceso rápido y sencillo frente a la urgencia económica.
Robos, zonas peligrosas y soledad
La inseguridad es otro tema recurrente. Robos de motos y celulares, agresiones y zonas evitadas forman parte del mapa del reparto en San Juan. Algunos barrios son directamente esquivados, y el trabajador debe negociar con la aplicación la cancelación del pedido.

En esos casos, queda prácticamente solo. La reforma exige canales de reclamo y soporte, pero no establece responsabilidades claras frente a hechos de inseguridad. El riesgo sigue siendo individual.
Redes frente a un sistema individualizante
La organización se vuelve fundamental frente a la exposición constante a accidentes y robos. “Nos roban la moto dos o tres veces al mes”, cuenta Ezequiel. Rodrigo relata una experiencia similar: “Me han robado, me han pegado con ladrillazos. Uno va aprendiendo a dónde meterse y dónde no, para poder seguir trabajando”.
Ante la falta de espacios formales, los repartidores construyen sus propias redes. Grupos de WhatsApp funcionan como alertas tempranas, espacios de apoyo ante accidentes o lugares para descargar bronca. En algunos casos derivaron en reclamos puntuales, como la solicitud de un semáforo en la intersección de Maipú y Mendoza, o en encuentros habituales en el kiosco Ohana, en Pedro Echagüe y Entre Ríos.

“Es habitual que siempre nos juntemos en grupo, vayamos a tomar una coca o a jugar a la pelota”, dice Pablo.
Bruno, de 26 años, dice que le gustaría tener un trabajo mejor, “algo que no me haga estar en la calle”.
“Me acuerdo una vez que todos estaban disconformes con el pago y decidimos que tal día nadie iba a trabajar para reclamar. No sé si sirvió, pero era una opción”, relata Pablo. Sin embargo, la organización tiene límites: “Siempre está el miedo a que te bajen la cuenta”. La reforma no contempla mecanismos de representación colectiva ni negociación conjunta.
Un trabajo pensado como transitorio que se vuelve permanente
Casi todos describen el reparto como algo “de paso”. Un trabajo para sostenerse mientras se estudia o se busca otra cosa. Nadia estudia una carrera universitaria pero reparte los fines de semana para cubrir sus gastos personales. “Hace más de tres años que trabajo acá y ya estoy cansada. No es lo que quiero”, dice.
Para Pablo, Pedidos Ya es “algo de paso, para zafar en el momento”. Facundo coincide: “Lo recomiendo para salir de apuro, no para toda la vida”.

Sin embargo, la falta de empleo registrado en San Juan hace que ese “vivir el día a día” se extienda durante años. La reforma laboral consolida ese escenario: ordena el sistema, suma derechos puntuales, pero fija un modelo sin salario mínimo, sin estabilidad y sin protección laboral plena. Lo que hoy se vive como precariedad informal, pasaría a estar regulada.
Mientras el Congreso debate modernizar el trabajo en plataformas, en San Juan los repartidores ya conocen el resultado práctico de ese modelo. Flexibilidad, sí. Ingresos rápidos, también. Pero a costa de jornadas extensas, riesgos físicos y la dependencia silenciosa del algoritmo.
Qué cambiaría con la reforma
El principal cambio es que el trabajo en plataformas deja de estar en un vacío legal y pasa a tener un régimen propio, aunque distinto al empleo en relación de dependencia. La ley blanquea jurídicamente la figura del “prestador independiente” y fija reglas para el funcionamiento de aplicaciones de reparto y movilidad en todo el país.

Desde ahora, las plataformas ya no son solo intermediarias de hecho, sino que quedan reconocidas formalmente como empresas tecnológicas que conectan usuarios con trabajadores autónomos.
También cambia el encuadre legal: ante conflictos entre la plataforma y el repartidor, ya no se aplicaría prioritariamente la legislación laboral, sino el Código Civil y Comercial, lo que implica un desplazamiento del derecho del trabajo como marco protector.

En qué beneficiaría a los trabajadores
El régimen incorpora derechos que hoy dependen casi exclusivamente de la voluntad de la plataforma. Entre los más relevantes, se reconoce explícitamente el derecho a rechazar pedidos sin dar explicaciones, a conectarse y desconectarse sin mínimos obligatorios, a elegir recorridos y a trabajar en los horarios que el prestador de servicios (osea, el rider) decida.
Otro punto favorable es la obligación de las plataformas de ofrecer capacitaciones gratuitas, tanto en el uso de la aplicación como en seguridad vial, y de facilitar elementos de protección según el tipo de vehículo. Además, se garantiza el acceso a un seguro de accidentes personales, que debe cubrir fallecimiento, incapacidad y gastos médicos, y el derecho a cobrar el 100 % de las propinas que agreguen los usuarios.
También establece el derecho a recibir explicaciones ante suspensiones o bloqueos de cuenta y a interactuar con personas reales del soporte, algo que hoy suele resolverse con un chatbot.
Qué mantiene (o profundiza) la precarización
El núcleo del problema es que todo el régimen está construido para evitar que exista relación laboral. La ley aclara de forma reiterada que ninguno de los derechos reconocidos implica dependencia, subordinación ni vínculo laboral. En consecuencia, los repartidores siguen quedando fuera de derechos centrales como salario mínimo garantizado, vacaciones pagas, aguinaldo, licencias, estabilidad laboral o indemnización por despido.


Además, la norma traslada explícitamente los riesgos y costos al trabajador: inscripción impositiva, aportes previsionales, obra social, herramientas de trabajo, mantenimiento del vehículo y disponibilidad horaria siguen siendo responsabilidad individual.
La plataforma organiza el mercado, fija condiciones, administra el algoritmo y controla el acceso al trabajo, pero sin asumir obligaciones propias de un empleador.
En los hechos, el régimen legaliza una relación de dependencia encubierta: autonomía formal para elegir cuándo trabajar, pero ingresos, oportunidades y continuidad condicionadas por decisiones unilaterales de la plataforma. Podría pensarse que la reforma vuelve ley la precarización: ordena y reconoce el trabajo en plataformas, aporta cierta previsibilidad, pero formaliza un modelo de empleo sin garantías.
