Un pacto sagrado con la tierra en territorio Huarpe
*El siguiente trabajo fue realizado con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)
Matilde vive en un territorio sin árboles, con un aire seco que corta la respiración y una luz blanca que parte los ojos. A 140 kilómetros de la capital provincial y a 30 del poblado más cercano, sus días transcurre en el medio del desierto, donde el agua está enferma. Un hilo espeso de arsénico que ni las cabras quieren. Sus manos cuentan la historia de esa mujer más que cualquier palabra: las uñas con restos de tierra, las marcas de la leche seca, la piel reseca por el viento. Las palabras las suelta con aridez. En sus ojos hay cansancio, el cansancio de sostener la existencia en una tierra tan hostil.
Es una mujer bajita, de mirada esquiva, que mientras me responde de forma pausada mira al horizonte. Empieza contándome su día.

Al alba, Matilde irrumpe el silencio con una propuesta insólita: dar vida. Marca los seiscientos metros que la separan del corral y piensa cuántos cabritos nacieron, cuál está enfermo, cuál apenas puede mamar. Con las manos metidas en el olor a estiércol agarra uno por uno a los animales. Los acomoda junto a las ubres, los pega al cuerpo de la madre, los sostiene hasta que prenden. Cuando un cabrito no logra prenderse, ella lo toma como quien atiende a un niño con fiebre: lo envuelve en una manta y le arrima la boca al pezón, como para empujar el pulso dentro.

Sobre el mediodía, Matilde empieza su segunda jornada: lo que ella llama «cosas de la casa». Cocinar, limpiar y bañarse con 8000 litros de agua mensuales que llegan en un camión del municipio en un tanque «más sucio que el agua misma». Y esa cantidad no les dura nada. «Uno se puede bañar con agua con salitre, pero los niños no. Entonces no alcanza cuando hay que limpiarlos todos los días para ir a la escuela», dice mientras se despierta por primera vez la rabia en esa mujer impasible.

Cuidar no es una palabra o ni un gesto: es producir para vivir. Matilde lo llama “economía de subsistencia”: ocho horas de trabajo con los animales todos los días, sábado o domingo, invierno o verano, para obtener ganancias suficientes para permanecer.
Cuando la ganancia depende del cuidado de los animales, se vuelve una danza de a dos, un pacto terco y sin garantías trazado con la naturaleza: velar por la tierra para que la tierra permita sostener la vida. En el día de Matilde no hay épica ni heroísmo. Hay trabajo, tierra, animales, alimento y agua. Y también, esencialmente, fe.

“Si tocan años con poca lluvia, los animales se mueren de hambre”, cuenta. Y en esos años secos, las personas sobreviven veranos de 45 grados de temperatura sin agua. «Gracias a Dios, este año viene bien», dice mientras el sol cae sobre el corral.

Hay historias que no necesitan grandes palabras.
—Embarazada salí a la ruta a tomar camión. No me llevó nadie y pegué la vuelta, rompí bolsa en medio de la pampa.
—¿Con alguna asistencia?
—Sí, la de una comadre.
Antes, cuando la ambulancia los visitaba de manera mensual, eran las mujeres de la comunidad las que “hacían malabares” para sanar a los enfermos propios y ajenos. Y lo hacían con estoicismo, como si la existencia se tuviera que ajustar a lo que hay.

La primera sonrisa del día es irónica y llega cuando le pregunto si recibe ayuda estatal. “Ellos dicen que acá no vive nadie”, cuenta. Cuidar es sostener la vida en medio de la pobreza, del abandono estatal y de la crisis climática.
En la memoria de Matilde, además de sequía, hubo mucha agua. La historia del río la cuenta sin mística. Cuando era niña, vivía con su familia en un “rancho” a orillas del Río San Juan, del otro lado de la Ruta 20. “Hubo una madrugada en la que el río nos sacó”, dice.
Ese día, las familias dormían bajo el silencio pesado del desierto. El agua llegó sin aviso, golpeando las paredes de adobe como una visita maleducada. Matilde era niña y despertó con el ruido del río metiéndose en sus sábanas. Los colchones flotaban. Los adultos corrían de un lado a otro levantando ropa, rescatando recuerdos, pellizcando algún papel importante que se deshacía en las manos. Afuera, la noche se volvió una corriente. El agua los empujó a un éxodo de tres días hacia el otro lado de la Ruta 20, donde ella vive actualmente.

“Cuando vivíamos al lado del río, hacíamos pozos de un metro o dos y teníamos agua rica”, cuenta. Del otro lado, el agua dulce es más injusta y duerme en un sueño profundo bajo tierra, tan honda que solo el dinero y muchas maquinarias pueden despertarla. Sin dinero y sin suerte, a Matilde le toca abastecerse con los litros que trae el municipio en esos camiones, tan pero tan sucios que uno “bebe el enrumbre”.
Matilde es parte de la Comunidad Huarpe Salvador Talquenca, integrada por 60 familias que habitan el extremo sur de San Juan. Una tarde de marzo llegó un papel con tinta fría que los obligaba a desalojar sus tierras ancestrales.
El juez Luis Arancibia resolvió darle la posesión de las tierras a Gustavo Savall y Leonardo Quiroga Conte Grand, supuestos compradores de los terrenos ancestrales de la comunidad. Luego del DNU 1083/2024 de Javier Milei que derogó la Ley de Emergencia Territorial Indígena, norma que frenaba los desalojos a comunidades indígenas de todo el país, los compradores reclamaron la posesión efectiva del lugar. “No pueden vender las tierras como si acá no viviera nadie. Mi abuelo me enseñó que la tierra es de quien la vive”, dice Matilde. En un fallo histórico en San Juan, finalmente la Justicia sentenció a favor de la diez familias huarpes que enfrentaban el desalojo.

La resistencia tiene rituales pequeños. Matilde camina kilómetros trazando un camino que toque las diez casas dispersas en el horizonte. Les pide a los que no saben leer que “no firmen nada” a esos hombres desconocidos que llegan con papeles a enredarlos en sus cuentos. Organiza asambleas bajo un techo de caña, viaja un día al municipio y pierde un día de trabajo con los animales; redacta comunicados que busquen tocar los oídos de los medios capitalinos.
Pero el desierto no cambia su ritmo por noticias judiciales. Las puestas de sol siguen teniendo la misma geometría y las noches la misma cantidad de estrellas. Matilde duerme bajo el cielo como lo hacían sus abuelos. “El verano acá es insoportable. Pero sacás la cama afuera, dormís con las estrellas. Eso es hermoso”, cuenta.
En esa costumbre hay una forma de resistencia silenciosa: no renunciar a una manera de estar en el mundo, aunque la naturaleza se empeñe en poner trampas. Y también hay una forma de mantener vivo el pasado. “Mis padres también vivían de los animales, y murieron acá mismo”, sentencia.
Esta crónica no tiene moralejas. Tiene materia. En la historia de Matilde no hay ningún cierre épico; hay continuidad. A dos kilómetros de su casa pasan entre 500 y 1000 autos por día que desconocen la pulsión de vida que habita en el corazón del desierto. Alguien, en la ruta, pasa sin mirar, mientras ella piensa en lo que tiene que hacer mañana. Afuera, las estrellas vigilan el desierto. Matilde no se imagina otro final que el de la insistencia cotidiana.
