El día después y «los discursos del odio»

Un arma que no disparó y un país que necesita replantearse algunas cosas después de lo que podría haber sido una de las peores tragedias de su historia.

Domingo 04 de septiembre de 2022 – 11.29hs

Hubo un mundo de cosas detrás de que alguien apretara un gatillo. Tal vez es solo cuestión de suerte o de azar que nuestra vicepresidenta esté viva. ¿Podemos verdaderamente hablar de que se trata de un “loco suelto”? ¿Podemos llamar periodismo a toda esa incitación al odio? Desde la «protesta» colgando bolsas mortuorias en Plaza de Mayo hasta indignarse con el feriado; hoy toca retomar todos esos precedentes.

Bolsas mortuorias en Plaza de Mayo

Este artículo es una respuesta a todo lo que pasó después de que se atentara contra la vida de Cristina Fernández de Kirchner. Es el aporte a un debate que por momentos se intenta ensuciar. Es una nota del día después, ese en el que nos sentamos y tratamos de entender qué pasó.

Nadie se radicaliza solo

No es cierto que alguien tenga el monopolio del amor. Siempre hubo un poco de violencia en todas partes. Nadie está del todo limpio en la discusión política: ni las y los funcionarios públicos, ni les periodistas, ni la gente en las calles (ni qué hablar de las redes sociales). Pero no todo da lo mismo. Esta vez no son los cantos de les militantes, no es un debate agitado en la tv, no es un funcionario levantando la voz. Alguien cargó un arma, alguien apuntó a la cabeza de la vicepresidenta, un milagro no nos hizo ver por televisión nacional la que podría haber sido la peor de las tragedias.

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Ya no es simple polarización política, hace rato se cruzó la línea. Y aunque la violencia se viene fogoneando desde tantos lugares y en tantas direcciones, es nuestro deber hacer un recorrido por los años que nos trajeron hasta acá. Cristina no es la primera funcionaria acusada de corrupción, pero no hemos visto a otros funcionarios ser retratados en las revistas gozando un orgasmo o con la cara llena de moretones, por dar un ejemplo de cositas que no les suelen suceder a los hombres en política. No hay nadie cuyo nombre se haya manoseado más en el último año, a quien se le haya negado completamente la presunción de inocencia que dicta nuestro sistema legal. Que la justicia actúe como debe (o como quisiéramos que actuara en un sistema realmente democrático), pero que cada quien asuma el lugar que ocupó en la narración de los hechos, en la representación que hacemos del mundo. 

De eso se tratan los «discursos del odio», que tanto escuchamos post-atentado. Claro que ya salieron les de siempre a llorar libertad de expresión. Quiero creer que somos más inteligentes que eso, que entendemos que la condena no es a la opinión del otro por contraria, sino a las consecuencias de hacer un trabajo sucio, de evitar cualquier tipo de discusión ética en el marco del periodismo. Ojalá esto sea un punto de inflexión para todes.

Este año hemos visto a candidatos presidenciales en América Latina hacer campaña con chalecos antibala (Colombia o Brasil son un buen ejemplo). ¿Acaso este escenario nos parece natural? ¿Nada de eso nos está haciendo ruido?

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Las imágenes recorrieron el mundo. En la noche del 1 de septiembre, un hombre intentó asesinar a la vicepresidenta en funciones de la República Argentina. Le disparó a centímetros de su cara con una pistola Bersa semiautomática de acción simple, calibre .32. El arma estaba cargada y a Cristina la salvó la casualidad.

Una pensaría que después de un hecho semejante, el país estaría unido bajo una misma bandera. Que por un día al menos, el sentimiento sería unánime. Spoiler alert: NO.

Dudas, conspiraciones y silencio

El peritaje que realizó la División Balística de la Policía Federal arrojó que el arma con el que Fernando Sabag Montiel quiso dispararle a la vicepresidenta argentina, tenía cinco cartuchos en el estuche cargador y ninguno en la recámara. Comprobaron además que el arma funcionaba perfectamente. Lo que pasó entonces es que Sabag, por razones que desconocemos, no hizo el movimiento de corredera para que la bala suba a la recámara. Pero, repito, el arma estaba cargada y no tenía ninguna falla técnica. Aún así, seguimos escuchando el murmullo de «esto estaba orquestado».

La duda es la materia prima del pensamiento crítico. El problema es que si surge simplemente de una intuición, si en el centro del debate se pone a la persona que no es de tu agrado y no al hecho en sí, la conclusión está más cerca de una teoría conspirativa que de una hipótesis legítima y en ese espectro absolutamente todo es posible. Si además elegís compartir esa duda, si esa es tu expresión pública frente a un hecho de esta gravedad -sin auxiliarte de ninguna prueba-, esa opinión es directamente una irresponsabilidad.

Otres suben la apuesta. Dicen que los hechos que tuvieron lugar esa noche responden a un intento para que Cristina no vaya presa, después de que el fiscal Diego Luciani pidiera 12 años de prisión y su inhabilitación para ocupar cargos públicos de por vida, acusándola de defraudar al Estado durante sus dos presidencias. Aunque en este contexto este argumento sea lisa y llanamente un intento por embarrar la cancha en el debate que todes nos merecemos después de lo que pasó, puede el lector respirar tranquilo: nadie se salva de una condena judicial sólo por haber sido víctima de un atentado.

Mientras algunes eligen fingir demencia, elucubrar conspiraciones, llamarse al silencio, los mandatarios y líderes de la región -incluso los de veredas ideológicas opuestas- se expresaron en solidaridad con Cristina Fernández de Kirchner.

Así lo hizo desde un aliado como el ex-presidente de Brasil, Lula da Silva, hasta el banquero presidente de Ecuador, Guillermo Lasso. Así lo hizo un moderado como el presidente de Chile, Gabriel Boric, hasta el antagónico presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou. Pero si hasta el secretario de Estado de los Estados Unidos, Antony Blinken, se sumó a la mesa. De ninguno de ellos se escuchó emitir cavilaciones sobre la veracidad de los hechos. Tampoco de parte de la mayoría del arco opositor argentino. ¿Queda la duda entonces sólo para las charlas de café?

La alarmante decisión del presidente: decretar feriado

Conocido el desenvolvimiento de los hechos, el presidente Alberto Fernández decidió decretar un día de feriado. INDIGNACIÓN COLECTIVA. A nadie se le ocurrió pensar que quizá después de uno de los acontecimientos más graves en la historia de nuestro país desde 1983, ameritaba un momento de calma, frenar la vorágine de la rutina, sentarnos medio segundo a entender lo que pasó. Y sí, salir a defender la democracia.

Algunos sectores se unieron al grito de «uso político». A esos que se indignan por el feriado, les que suelen creer que tienen el monopolio del trabajo, que el resto de las y los argentinos vivimos del aire, quizá se les escapó que acababan de intentar asesinar a la mayor referente del peronismo hoy en la Argentina. ¿Qué parte de eso no es político? 

Alegan que con esto se intentan tapar las miserias del país, esos que osan comparar peras con manzanas. Lo que les cuesta entender es que feriado o no feriado, la gente iba a copar las calles. Es la historia del movimiento, es la historia de este país. Cuánto defensor del Estado de Derecho lo miró por TV sin emitir sonido. Esa grieta es la profunda: elegir problematizar un feriado antes que dimensionar lo que significa que la vicepresidenta en funciones hoy pudiese estar muerta. No es estar en la vereda de Cristina o la que está enfrente, es la línea entre el fascismo y la democracia. No es la persona, es lo que representa. Parece ridículo tener que explicar que eso lo hace distinto de cualquier otro crimen. La democracia se rompe para todes. No hay un «Nunca más» y un «Nunca más, pero».

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